Miquel Barceló en el Louvre

| RAMÓN CHAO |

OPINIÓN

BOUZA

15 abr 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

TRIUNFAR TARDE no es triunfar; es alcanzar a la vez la inmortalidad y la muerte, solía decir Disraeli, según su biógrafo André Maurois. Me lo repitió más o menos igual Juan Carlos Onetti, cuando le pregunté si un día le darían el premio Nobel: «A mí que me devuelvan la juventud; la cambio por todas las recompensas», respondió. Barceló no tendrá que esperar la muerte para ser inmortal; lo es a sus cuarenta y cinco años, cuando se encuentra en el camino medio de su vida: es, a mi entender, el primer pintor vivo que expone en el Louvre. El día de la inauguración - Ilustraciones para la Divina Comedia - evocábamos una de sus primeras exposiciones, hace más de veinte años, en Son Servera de Mallorca. Y repasamos su vida. De niño era rico de calles y plazas, de amigos, de iniciativas, de peleas y de algunas atrocidades con los animales, a los que perseguía y capturaba para plasmar en los cuadernos escolares el proceso de putrefacción. «Creo que pinto desde que nací, por lo menos desde el comienzo de mis recuerdos. Hacía de todo y a la vez, como los adolescentes inquietos. Un día director de cine, al siguiente guitarra electrónica y por la noche escritor. Incluso soñé con ser explorador, y de una forma más confusa, aventurero, lo que tal vez haya logrado hoy. Con el tiempo la cosa se fue solidificando de forma natural. Como mi madre pintaba, en casa había óleos, pinceles, telas y libros de arte». Era una casa tan grande que las tres cuartas partes de ella estaban abandonadas, lo que permitía dedicar varios cuartos a los animales: cerdos, conejos, gallinas y otro para Miquel. «Tenía mucha facilidad para inventar imágenes. Mis amigos de la escuela y desde muy pequeñito me las pedían. Y seguí pintando hasta hoy, de modo que no tuve ni que plantearme el futuro». Desde muy joven inicia un inacabable ataque contra las convenciones pictóricas tradicionales y se enfrenta a los dogmas teóricos de la vanguardia más reaccionaria. «Corté pronto con la formación tradicional que tuve de joven para emprender otra vía. Empecé a ver pintura académica y luego el Arte bruto y Pollock. Me gustaba la forma de pintar de éste, que terminó pareciéndose a su pintura. Me fascina esta transformación de un pintor, o de un futbolista, cuyo cuerpo se va adecuando a un objetivo. El Pollock de los últimos años, cuando parecía buscar la figuración a partir de sus campos de energía abstractos. Pero al cabo yo volví a una pintura más clásica, a finales de los setenta, cuando no se veía salida para la pintura». Los dibujos de aquellos años nos permiten comprobar la existencia de un gran número de ideas en ebullición, algunas de las cuales se desarrollarán más tarde y otras se convertirán en constantes, como los de 1980, en los que ya aparecen los desnudos y los animales que irán a poblar sus lienzos poco después y se verán en sus numerosas y provocadoras exposiciones de 1982. «Recientemente pinté en Canarias peces que tienen salientes como pinchos, como las rescazas. Y entonces, para darle ese aspecto picante, puse el lienzo al revés y salieron esa especie de estalactitas que me recuerdan las cuevas del Drach y de Artá, en Mallorca. También, en este sentido, en París empecé a hacer lo que llamaría grispollos ; es decir, el repollo gris, las legumbres troceadas. Igualmente pinté ajos, tubérculos que salen de tierras muertas y cebollas. Había llegado a ese punto difícil que es la transparencia, que sólo logran los pintores a quienes pintar les produce más placer que cualquier otra cosa en la vida, incluso que triunfar». Cuando un pintor piensa en cebollas, es porque le gusta pintar: es una ley ineluctable en la historia del arte. Y todos los pintores a los que le gusta pintar acaban pintando, por lo menos, una cebolla o dos. «Nunca sabré muy bien por qué razón pinté cebollas. Me dije que si era capaz de pintar una calabaza, un melón o un albaricoque, el hueso de un albaricoque o una cebolla, igual podía pintar una Venus o el infierno. Me acuerdo ahora muy bien de la desazón de estar pintando cebollas. La cebolla es terrosa por fuera con capas doradas, amarillentas y al cabo traslúcidas y al fin nada. Esa forma como de gota grande que podría ser un dinosaurio en la lejanía o un violonchelo en escorzo se entrometió de repente, y ya podía yo mirar batallas chinas u orgías románticas que me sentía como alguien que ni siquiera era capaz de pintar una cebolla. Y si por milagro -los cuadros que salen es por esa intervención- lograba terminar, pronto me veía otra vez encebollado como si no supiese hacer otra cosa. Y venga a borrar y a pintar cebollas. Me iba al mercado, las compraba y las cortaba por la mitad como un cura que ofrece la eucaristía. No sé si viene al caso, un poema sobre un poeta persa al que le pagan en oro cada hexámetro y cuyas herramientas de trabajo son la humillación y la angustia. ¡Ojalá hubiese nacido muerto!, creo que dice. No nos pongamos melodramáticos, pero cuando hace veinticinco años leía con deleite vida de artistas como quien lee vidas de santos, la humillación y la angustia me asaltaban cuando caía con versos que rimaban convenientemente».