Faltaron veintidós palabras

| XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS |

OPINIÓN

EL PLAN GALICIA no salió bien parado del discurso de ayer. El compromiso que asumió Rodríguez Zapatero es tan abstracto como el que habíamos heredado de Aznar, y, lejos de tratarlo como una acción sigular, en lógica continuidad con el proyecto diseñado por el PSOE en vísperas de la sesión de prestidigitación realizada por Aznar en el pazo de María Pita, se limitó a hacer una faena de aliño, una pura mención de compromiso, en el marco de un vasto plan de obras públicas e infraestructuras que ya es menú obligado en todos los discursos. Pero la decepción va mucho más allá de lo cuantitativo cuando, al echar mano del discurso escrito, nos encontramos con que aquel fabuloso Plan que iba a ligarnos con Bilbao y Francia por la Cornisa Cantábrica, y con Madrid y la Meseta por los túneles de Lubián, se convierte en boca de Zapatero en un conjunto de actuaciones localizadas, que nada tienen que ver con las grandes obras de vertebración del territorio nacional. Porque eso es como no haber entendido nada, y como decirnos una vez más que nuestras autovías y trenes se hacen por caridad (o por votos), porque a la España dinámica que crece por el centro y el Mediterráneo no le hacen ninguna falta. La cita textual de Zapatero dice así: «...basta con recordar que unas son grandes obras de vertebración del territorio nacional; que otras, como el Plan Galicia o el conjunto de actuaciones previstas para Canarias, tienen carácter más localizado». La frase se las trae, y mucho más si se tiene en cuenta que eso es todo lo que se habló de nuestro país en el discurso. Después, perdidas en el debate, se dijeron algunas cosas que animan un poco más a los excépticos. Pero en modo alguno podemos entender que el tema haya quedado resuelto, o que se hayan dado argumentos para el optimista comentario que, en contra de su partido, hizo aquí el señor Fraga. Más de una vez he dicho que el Plan Galicia no pasa de ser un resumen propagandístico de las actuaciones previstas por el Estado entre el 2000 y el 2012. No debemos olvidar que una parte sustancial de los presupuestos que se le atribuían ya estaban consignados a obras en ejecución, y que en ningún momento se reconoció financiación extraordinaria para una intervención que debía llevarse a efecto sin alterar otros programas, y sin aumentar el déficit ni los impuestos. Y por eso cabía esperar de Zapatero las veintidós palabras que hubiesen cambiado la visión de la investidura: «Antes de terminar el año pondremos el Plan Galicia en un documento de Estado con pleno detalle de sus compromisos y presupuestos». Pudo decirlo, pero no lo dijo. Y por eso tenemos muchos pájaros volando, y muy pocos en la mano.