ESTAMOS ante un grupo entusiasta de estudiosos, tanto de las ciencias como de las humanidades, comprometidos con el único fin de incluir a los grandes simios no humanos dentro de la nuestra comunidad moral. Es decir, que no existe una barrera moral entre los seres humanos y los gorilas, chimpancés y orangutanes, que ellos también son personas en el sentido que acostumbramos dar a este concepto. Consideran que, aunque espléndidamente diferentes, estos animales son como nosotros y tendrían que tener los mismos derechos que nosotros. Se busca una igualdad moral basada no en la pertenencia a la especie humana (que consideran pura arbitrariedad y discriminación), sino en el hecho de que somos seres inteligentes con una vida emocional rica y variada, cualidades que emparentan a los seres humanos entre sí tanto como los emparentan con los otros grandes simios. Recuerdan -a quien pudiera juzgar la propuesta disparatada- que también hubo un tiempo en que los esclavos humanos fueron considerados como simple propiedad animada. Me llama la atención que Peter Singer, principal representante de este proyecto, un filósofo australiano afincado en EE.?UU. y cuyos libros se venden de maravilla, al tiempo que reclama para los grandes simios esta protección, se la niega a ciertos seres humanos, aquellos que están en situación de máxima vulnerabilidad, como un niño con síndrome de Down o un enfermo de alzheimer. Acabar con la vida de un recién nacido, dice, no puede equipararse con matar a un ser humano normal o a cualquier otro ser con conciencia propia, y mucho menos si está enfermo o discapacitado. Incluso puede ser altamente deseable cuando la muerte del discapacitado conduce al nacimiento de otro niño con mayores perspectivas de tener una vida feliz, pues la cantidad de felicidad total será mayor. Tampoco encuentra obstáculos para experimentar con un enfermo de alzheimer, pues ha dejado de ser persona. Mirando así las cosas, creo que corren tiempos confusos y que se puede hablar cada vez más de una guerra de los poderosos contra los débiles, de una cultura de la muerte. Para proteger a los animales, darles la debida consideración y elevar nuestros sentimientos hacia ellos no hace falta desproteger a los seres humanos. Ellos -los grandes simios- no son nosotros, y la pertenencia a nuestra especie sí es pertinente para el mal que supone acabar con una vida humana.