LA GUERRA no terminó hace un año cuando un eufórico George Bush proclamó la victoria. Por entonces sólo habían finalizado los combates entre dos ejércitos regulares, con la rápida derrota del iraquí. Porque si la guerra hubiese terminado cuando el presidente estadounidense se retrató delante de un cartel que ponía «misión cumplida», ¿cómo se explicaría la actual situación, con milicias chiís organizadas controlando ciudades como Nayaf o combatiendo hermanadas con las suníes en Faluya o ambas luchando con el apoyo de los kurdos en barrios de Bagdad? Lo cierto es que la guerra ha vuelto, tras un período de reconversión formal, desaprovechado por la Administración estadounidense. La Casa Blanca no ha querido aceptar en ningún momento la realidad de un pueblo que ve a Estados Unidos, no como su liberador, sino como una potencia ocupante que debe irse cuanto antes. Y esta ceguera americana está produciendo el más inesperado de los resultados: la unidad iraquí. Hace un año, el gran temor que albergaban los aliados era la degeneración del conflicto en una guerra civil, con la previsible partición del país en tres zonas, conforme a la mayoría chií, suní o kurda de su población. Hoy, la ausencia de este riesgo es valorada como un índice de que «todavía hay razones para el optimismo en Irak», como ha hecho The Economist . Lo cual, dicho en plata, equivale a reconocer que el gran éxito de Estados Unidos y sus aliados ha sido unir a todo el país en su contra. Hay que admitir que es una rara y sutil forma de solucionar el riesgo de fractura nacional. Y desde luego es la que menos esperaban aquellos gallitos intelectuales neoconservadores que hablaban de una aclamación popular a las tropas liberadoras tan pronto como fuese capturado Sadam Huseín y desapareciese el miedo al tirano. ¿Qué queda de los discursos iluminados de Rumsfeld, Kaplan, Wolfowitz, Rice y, en menor medida, Powell? ¿Qué queda de la paz y de la democracia prometidas por Bush? Queda un problema. Un caos. Y la necesidad de que la ONU tome las riendas cuanto antes, para frenar un derramamiento de sangre que no hace más que aumentar.