LA SANGRE inocente que riega la Tierra Santa aviva el recuerdo de la muerte de Jesús. El más famoso de los ajusticiados fue víctima de una doctrina de seguridad que el Poder quiere que siga en vigor. Para Pilatos, un gobernador que sólo actuaba sobre efectos, la presencia en una Jerusalén abarrotada por la celebración de la Pascua del predicador itinerante llegado de Galilea (zona la más hostil al ocupante) con fama de postulante mesiánico debía ser vigilada no fuera que se armara una gorda. La actuación de Jesús en el Templo, volcando mesas de cambistas y zurriagando mercaderes, le dio la disculpa para tirar de la receta reservada a los enemigos del orden: la pena de crucifixión. La cruel inhumanidad del castigo (hasta se negaba al empalado la sepultura) era la mejor disuasión. Jesús fue juzgado de acuerdo con la ley romana y condenado a la cruz por el delito de traición: Pilatos sabía que el Mesías judío no sería un mero líder espiritual, sino un rey libertador que sacudiría el yugo extranjero de sus cabezas. El miedo no le dejó ver un detalle esencial que absolvía al reo: los judíos no podían tomar por mesías auténtico a un galileo, porque sus tradiciones lo hacían salidero de Judea y de la estirpe de David. Lo más llamativo de los relatos evangélicos de la Pasión es el descaro con que se exculpa al Pilatos y se le pasa el muerto a los judíos. Resulta forzoso ver aquí un deliberado intento de asegurar a la autoridad romana que no la discutían. Algunos admiradores de Jesús en la sombra ven en esto una traición. Ha llegado a nuestros cines la muy controvertida cinta de Mel Gibson sobre el asunto, que pretende ser relato objetivo. Poco lo es el título: quien sufrió la cruz no fue Cristo sino Jesús de Nazaret, uno de los hijos de José y María. El mejor de los nuestros.