NOSOTROS no tenemos la culpa de que haya terrorismo. Algunas cosas las hemos hecho mal, y en el pésimo reparto de la felicidad del mundo estamos en la parte más envidiable, pero nadie puede negar que tenemos un régimen de libertades en el que es posible abordar cualquier problema sin recurrir a la pólvora. Por eso sentimos en nuestro corazón la profunda injusticia de los atentados contra las personas inocentes y contra las fuerzas de seguridad que protegen nuestra libertad y nuestra libertad. Pero una vez dicho eso, y reducido el tema a una cuestión de política, tampoco podemos negar que hemos sido imprudentes en grado sumo, y que hemos convenido en compartir tarea con los que, sin pensárselo dos veces, y sin más objetivo que el de acondicionar el mundo a su medida, se fueron al Oriente Medio a revolver el avispero. Nosotros no hemos creado las avispas, pero las hemos enfurecido, y por eso no podemos tratar como una plaga del cielo lo que no pasa de ser un error de la tierra. Quizá sea verdad que hemos ido a Afganistán e Irak a arreglar el mundo y a acabr con los tiranos. Pero, dado que ese arreglo lo hemos hecho a base de bombas y fusiles, tampoco debiera sorprendernos que los fedayines de Alá se percatasen de que en nuestro país es bastante fácil organizar un ejército de fanáticos, cobijarlo en la clandestinidad de Leganés, robar cien kilos de goma-2 en las minas de Asturias y volar varios trenes de cercanías, antes de que el CNI se de por enterado. Decir que los terroristas nos atacan por causa de la guerra de Irak puede ser una simplificación y una coartada para los que matan. Pero negar que el terrorismo tiene causas muy próximas y concretas es una irresponsabilidad manifiesta, que nos impide diagnosticar el mal y ponerle remedio. Los ataques contra Afganistán e Irak no fueron medidas contraterroristas, basadas en la ley y la policía, sino una agresión en toda regla, que nos tiene al borde de un conflicto mundial de incalculables consecuencias. Y por eso hay que reconocer que, lejos de evitar el problema, la intervención de nuestro Ejército sólo sirvió para estimularlo, y para convertirnos en campo de Agramante de una cruel batalla que se libra entre dos representaciones esperpénticas del bien y del mal. Los soberbios imperialistas de las Azores insisten ahora en que ya no cabe la retirada, y que no podemos mostrar ninguna debilidad contra el terror. Pero no debemos caer en la trampa de un análisis que, para evitar la exigencia de responsabilidades, propone como alternativa la huida hacia adelante, en dirección al abismo. Porque es evidente que, igual que sucede con las moscas, tampoco las avispas se matan a cañonazos.