ASOMBROSA resulta la capacidad que se da entre nosotros para los brincos en materia de opinión. Ahora mismo, por ejemplo, se escucha demasiado a demasiada gente que las fuerzas de seguridad del Estado progresan de una manera increíble en la determinación de la red que organizó la masacre del 11-M. Estamos, dicen más o menos, ante uno de los casos en que se ha desentrañado con más celeridad el misterio. Buena parte de los que tal dicen, de los que elogian una investigación que ha alcanzado supuestamente el éxito en ocho o diez días, indican que con una rapidez sin precedentes, se exacerbaban en vísperas de las elecciones generales porque no se aclarara de inmediato la autoría del suceso en 24 horas, si es que no exigían que fuera de hecho en 24 minutos. Sucede que es demasiado frecuente que no se opine en función de razones objetivas, sino de prejuicios. Electoralmente, desde algunas posiciones políticas se daba gran importancia al tempus de la investigación. Con posterioridad, esto importaba menos y ya aparecía la relativa objetividad en el reconocimiento del ritmo en el trabajo policial. Ojo, porque ahora la impresión que tiene uno es que se está bendiciendo demasiado aprisa todo lo que se hace por parte de los investigadores, y la verdad es que contemplando el asunto con cierto rigor no parece que hasta el momento haya un resultado sólido, firme, que nos permita señalar sin dudas a los autores de los atentados en cadena del 11-M. Esos brincos se dan en unos u otros casos con demasiada frecuencia en la vida española, de manera muy especial entre políticos y analistas de la vida pública. Por ejemplo, José Blanco primero fue víctima de su aparente condición de electorero que iba a ser degollado. Era ninguneado y despreciada su inteligencia. Ahora, instalado en el triunfo, se leen y escuchan unos elogios del mismo personaje, y en ocasiones de los mismos que antes se situaban en las antípodas, que por imprudentemente excesivos nos sonrojan.