EN BRUSELAS, al despedirse de sus colegas europeos, y en la plaza de toros de Vista Alegre, donde el PP puso el kilómetro cero de su trayecto por la oposición, el ínclito José María Aznar volvió por donde solía, y, lejos de hacer un mínimo ejercicio de autocrítica, optó por afianzar el discurso que, puesto al descubierto por los atentados de Madrid, lo llevó a su sonora e inesperada derrota. Aunque la polémica parece centrada en saber quién mintió más, si el Gobierno de España o un grupo mediático «fácilmente identificable», lo que de verdad le interesa al presidente saliente es reforzar la doctrina que lo llevó a arrojarse en los brazos de Bush y a enfrentarse al núcleo central del europeísmo. Dando por sentado que los resultados del 14-M no son una severa derrota, sino un «incidente electoral», todavía tiene la esperanza de que su modelo antiterrorista le devuelva los votos que ahora le quitó. Y por eso no duda en revestirse de patriota irreductible para pedirle a Rodríguez Zapatero que no se baje del autobús de la guerra contra los fantasmas despertados y puestos en circulación al servicio de la remodelación militar del mundo. Y es que, siguiendo la misma lógica que llevó a Mariano Rajoy a pedir el voto de los socialistas patriotas, también Aznar tiene muy claro que todo lo que no sea pelear es cobardía, y que cualquier diagnóstico que identifique los motivos del terrorismo islámico constituye una abierta dimisión de las responsabilidades de Estado. Lo malo es que esa absurda simplificación del terrorismo tiene muchos adeptos en las filas del PSOE, y un enorme predicamento en la sociedad española. El discurso que domina entre nosotros sigue afirmando que todos los terroristas son iguales, que no tienen causa ni objetivos, y que sólo persiguen el aberrante placer del mal absoluto, y por eso no acabamos de enfrentarnos a un programa antiterrorista que se reduce a amurallar las sociedades occidentales, sospechar de todo bicho viviente y bombardear preventivamente a los que no demuestran su devoción por el paradigma americano de paz, justicia y cooperación. Por eso es muy importante que el PSOE no entre al trapo del discurso de Vista Alegre, ni caiga en la tentación de reconciliarse con la opinión pública a base de alimentar el maniqueísmo político auspiciado por Mayor Oreja y sus sucesores. Porque si no aprovechamos este momento para romper con la dinámica belicista, que tanto interesa a Bush como al terrorismo global, ya no lo haremos nunca. Y porque no parece que haya otra forma de combatir el terrorismo que no pase por secarle las fuentes en las que se abastece de odio, de argumentos, de apoyo social y de mártires.