La España de los afectos

| XERARDO ESTÉVEZ |

OPINIÓN

27 mar 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

HAN PASADO ya diecisiete días, y todavía nos persiguen las imágenes de la catástrofe de Madrid. Un fotorreportero que no resultó herido relataba que lo que más le impresionó fue el silencio enorme que se produjo, y el presenciar el auxilio mutuo entre los heridos ensangrentados. La ciudad se encogió de súbito. El día después, millones de personas salían a la calle en cortejo, con el grito enmudecido, hombro con hombro, y con la necesidad de expresar juntos el estruendo de nuestro desacuerdo unánime. Qué es, si no, una manifestación de duelo. Al igual que el viento del norte barre las nubes grises del paisaje de la ciudad, el presente rápido y lleno de acontecimientos de la realidad urbana atenúa el dolor particular de cada uno, pero el luto colectivo inmerso en el subconsciente de los ciudadanos permanece abierto en herida. Madrid solía provocar un sentimiento dual, de simpatía por su receptividad y cosmopolitismo, y de recelo por los excesos centrípetos de la capitalidad marcados por la política. En la tragedia ha sido la mejor de las ciudades, la cima de la compasión, del con-padecer. El rompeolas de todas las Españas, como en el verso de Antonio Machado. ¿Se quedó solo Madrid? Una vez más, los espacios públicos al completo, tomados por la extensión de las huellas multitudinarias, han asumido la condición de receptáculo activo del sufrimiento. La calle es más nuestra que nunca y no de nuestras actividades, es absolutamente de nosotros y no del ruido que la ensordece. Son las calles emocionadas de todas las urbes diversas y distintas que conforman esta España abierta, que es también la de los afectos. No la de los símbolos, ritos, adhesiones inquebrantables, de historia pasada y a veces pesada, sino la de nuestro presente, la que nos hace sentirnos de este país en total libertad y, sencillamente, porque nos da la gana, porque lo elegimos cada día con el sentimiento y con la razón. Qué pasa con la condición humana, que ante tanto destrozo no dudamos en tomar las calles, transformándolas en una ciudad lineal interminable o una tupida red llena de multitudes. Quizá sea, en expresión filosófica, esa preferibilidad lógica que tiende a imponer lo moral sobre lo inmoral, manifestarse en vez de quedarse en casa, unir en vez de dividir, conglomerar en vez de segregar. Esa es la esencia profunda de un país, por encima incluso de sus leyes, que adopta una forma ejemplar de actuar, no con xenofobia o ira, sino con una exigencia rotunda de paz y normalidad ciudadana. Esta semana la familia real lloró, uno a uno, con los familiares de las víctimas, y el alcalde dijo que Madrid devolverá la solidaridad recibida, en tolerancia y pluralidad. Sólo faltaron en el presbiterio de la Almudena, arriba y no abajo, compartiendo y no escuchando, el imam, el rabino, el pastor, para que en la ceremonia del duelo y la esperanza se completase sin exclusiones la expresión de la convivencia.