Matar como política

| PABLO GONZÁLEZ MARIÑAS |

OPINIÓN

SIEMPRE se dijo que la política era cosa de gente con sangre fría, capaz de emocionarse apasionadamente en un mitin -o aparentarlo- y, pasado éste, sustituir la sangre por horchata. Claro es que este abuso que hago del término «sangre» tiene un sentido metafórico tolerable. Pero últimamente parece retomar, en la política internacional, su más corporal significado. Tras asesinar al líder de Hamás, el jeque Yasín, Israel anuncia que va a matar a más dirigentes palestinos, comenzando por Arafat, que encabeza, al parecer, una lista macabra, que no es precisamente la de Schindler. La desvergüenza con que esto se dice sin escándalo de nadie sólo es comparable a las revelaciones de Madeleine Albright, antecesora de Colin Powell en la Secretaría de Estado de EE. UU., quien -supongo que para ensalzarlo y reivindicarlo como gran político- ha dicho que el ex presidente Bill Clinton ya ordenó asesinar al líder de Al Qaida, Osama Bin Laden.