ALLÁ POR LOS SETENTA, casi todos los años asistía al Festival del libro de Niza, donde me encontraba con Miguel Ángel Asturias, Julio Cortázar o Alejo Carpentier. Yo era joven y periodista en Radio Francia . Además representaba a la revista Triunfo en el premio de la Prensa Internacional. Participábamos en él Triunfo , la alemana Der Spiegel , la yugoslava Nin , la americana Newsweek y la francesa Le Nouvel Observateur , organizadora del concurso. A la hora de las deliberaciones, acudía de Madrid Miguel Ángel Ezcurra, director de Triunfo . Cada revista presentaba una obra. Los dos primeros años ganaron libros propuestos por nosotros. Sencillamente, porque eran buenos, y luego, porque tanto Ezcurra como yo nos leíamos todas las obras. Los demás componentes del jurado se enteraban del contenido de los libros, si acaso, leyendo la contraportada. En las deliberaciones éramos imbatibles. Así, se le dio el premio el primer año a La muerte de García Lorca, de Ian Gibson; el segundo a Los topos, de Jesús Torbado y Manu Leguineche; y si el tercero no lo ganó Os fuxidos, de Víctor Freixanes, escrito en gallego (quedó segundo), fue porque el yanqui Edward Behr se insurgió contra «la hegemonía española» e impuso su candidato de forma brutal. Solían terminarse los festivales con un concierto grandioso, a cargo de una estrella brillante y con la presencia de los escritores, editores y el alcalde de Niza, a la sazón Jacques Medecin, de nefasta memoria. Aquel año le tocaba a Claude Nougaro, cantante joven en pleno empuje y que acaba de fallecer a los setenta y cuatro años. Según terminamos la juntanza en la que Freixanes cayó como una víctima iraquí de los ataques americanos, se me acerca un caballero vestido de mono (pronto supe que era técnico de sonido) y me dice: «Señor Nougaro, ¿quiere venir a hacer la balanza?» (utilizo este término del jergón musical francés: consiste en equilibrar los instrumentos, voces, sonidos). No lo iba a defraudar y lo seguí a la sala de conciertos. A mí, formado en música clásica, aquello me parecía un coro de ranas y grillos con algún sapo entrometido. Adopté pose de entendido. «Perfecto, no toquen nada. Déjenlo así». Ellos, perplejos: era la primera vez que un artista aceptaba lanzarse a cantar sin haber realizado el reglaje. Por lo que dijo el día siguiente la prensa, el concierto de Nougaro fue una catástrofe, y yo me largué de Niza tras la clausura del Festival. Años después, en el ensayo de un concierto de Paco Ibáñez en París, se me ocurrió contárselo a Violeta Arraes, hermana de Miguel Arraes, gobernador de Pernambuco, en Brasil. Yo ignoraba que Violeta también era amiga de Claude Nougaro, quien se encontraba en la sala. Se lo contó, y yo, aterrado. El cantante me abrazó, diciéndome al tiempo que había sido el concierto más difícil e interesante de su vida. Después del esfuerzo que hiciera en Niza todos los demás recitales fueron coser y ...cantar. Al día siguiente salió nuestra foto en la prensa. Se contaba la anécdota, se comentaba nuestro reencuentro. Pero no pudieron poner eso de «Nougaro (derecha) y Ramón Chao (izquierda)», pues la verdad es que nos parecíamos mucho.