Las elecciones en la región gallega

| XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS |

OPINIÓN

17 mar 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

AUNQUE es evidente que el atentado de Madrid funcionó como un despertador, y que Zapatero se estaba creciendo al final de la campaña, creo que el Waterloo de Aznar no estuvo en el miedo suscitado por Al Qaida, ni en la oposición desplegada por el PSOE, sino en el giro político iniciado en las autonómicas de Cataluña. Los estrategas del PP habían gastado enormes esfuerzos en distraer a los españoles y evitar que hiciesen política. Y por eso habían concentrado la atención de los partidos, los medios de comunicación y las instituciones judiciales en la guerra de papel contra Ibarretxe. La lucha contra ETA, cuya aceptación es un supuesto ordinario del Estado de derecho, llegó a actuar como un opio patriótico que nos impedía discernir las claves políticas y electorales del problema. Y así, con todo el debate varado en las playas vascas, sortearon con facilidad el desastre del Prestige, la guerra, la renuncia a Europa y la apuesta por Bush, sin sentir ninguna necesidad de ocultar las insultantes simplezas de Zaplana, Acebes, Trillo y Michavila. Pero los catalanes no picaron. Y, lejos de apoyar la carrera de la confrontación social, votaron un parlamento que, si bien ofrece una gobernabilidad dificultosa, tuvo la virtud de demostrar que el monopolio patriótico del PP era insostenible, y que fabricaba los problemas a más velocidad que las soluciones. Gracias a las elecciones catalanas se hizo imposible el seguidismo del PSOE, el aislamiento de Ibarretxe, la unanimidad de la prensa y el papanatismo de los españoles. Por eso las consecuencias de la bomba de Atocha funcionaron al revés, y, lejos de generar la ciega adhesión que el PP esperaba, provocaron la humillante derrota del centralismo aznarista, haciendo que la bipolarización electoral que trituró a IU y abarrotó las urnas de voto útil, se tradujese para Euskadi y Cataluña en un inusitado florecer de los nacionalismos que Aznar quería fumigar. Pero Galicia no estaba en esa fiesta. Nuestro análisis de la tragedia no se hizo con mentalidad de nacionalidad histórica, sino con las mismas claves con las que reaccionaron en Oviedo o Badajoz. Y por eso hemos aprovechado la debilidad del PP para eliminar las espectativas de una alternativa nacionalista e instaurar el bipartidismo de ámbito nacional al que PSOE y PP aspiraban desde siempre. Lejos de cuestionar el liderazgo de Quintana, o el acierto de la campaña, o sugerir la nostalgia de Beiras, la dura derrota del BNG es la evidencia de que no formamos parte del selecto club de las nacionalidades históricas, y de que Fraga cierra su biografía política con un éxito inesperado: haber restaurado la laboriosa región gallega. ¡Chapó!