EL 11 DE DICIEMBRE de 1981 mil personas fueron asesinadas en El Mozote (El Salvador), divididas en tres grupos: los hombres fueron encerrados en la iglesia, las mujeres en una casa y unos 170 niños, con una edad media de seis años, en otra casa cercana a las mujeres, de modo que éstas podían escuchar el llanto de su hijos cuando les daban muerte. Todos fueron asesinados por el batallón Atlacatl, entrenado por los norteamericanos, el mismo que asesinó a los jesuitas en 1989. Mucho respeto y mucho cariño a las víctimas de Madrid. De nuevo, mucho dolor. Y también mucha esperanza. Cada dolor es inintercambiable. Pero se trata de ir más allá, de ubicarlo en el dolor más grande de la familia humana, en la que las víctimas -por hambre y por balas- se cuentan por millones. Fue Bush el que acuñó la expresión «eje del mal» para referirse a los países que estaban detrás de los atentados del 11 de septiembre, en una perspectiva maniquea de buenos y malos, más propia de las películas de Hollywood que del presidente de la primera potencia mundial. Detener el terrorismo requiere la cooperación internacional, pero no en el sentido que le dio el presidente norteamericano, sino en otro mucho más positivo y amplio. Es lo que quiero expresar al hablar del eje del bien. Siempre ha sido una grave falta moral de las naciones ricas no haber adoptado un punto de vista ético global; ahora también es un peligro para su seguridad. Más allá de la pertenencia a una u otra comunidad nacional, más allá de las diferencias individuales o territoriales, la ciudadanía ha de tener un sentido común y universal. Cómo nos vaya en la era de la globalización dependerá de cómo respondamos éticamente a la idea de que vivimos en un solo mundo. Si el grupo ante el cual debemos justificarnos es la tribu o la nación, entonces nuestra moral será tribal o nacionalista. Los políticos hablan de repensar la seguridad europea. Pero necesitan adoptar una perspectiva que vaya mucho más allá. Europa tiene que repensarse no sólo desde su seguridad amenazada, sino desde la solidaridad con las víctimas de todo el mundo. Más que una Europa unida, lo que se necesita es una internacional de todas las víctimas y de la solidaridad. La ONU ha de fortalecer su autoridad moral. Y los gobiernos europeos deben cumplir con el 0,7 %, canalizado principalmente a través de las ONG. El desarrollo es el nombre de la paz.