EL ALCALDE coruñés Francisco Vázquez ha pedido ayer respeto para el nuevo Gobierno. No es mucho pedir, pero con eso nos daríamos por satisfechos. Con que exista el respeto, la deferencia y la tolerancia que la sociedad española desea, sería suficiente. Pero vamos a ver si somos capaces de lograrlo. Porque nada más conocerse los resultados y después de dedicar las últimas horas a sumar, restar, multiplicar y hasta a dividir, se han escuchado ya las primeras voces que hablan de catástrofe, de futuro incierto, de golpe mediático y de asalto electoral. Cuando de lo que realmente deberían de hablar es de estilo personal, de rebelión, de debacle y de trastazo. Las primeras intervenciones de Rodríguez Zapatero no son precisamente para echarse a temblar. La apuesta por un diálogo permanente, la garantía de cohesión territorial, el fin de la televisión de partido, la retirada de Irak, la prioridad de lucha contra el terrorismo, el pacto para ordenar la inmigración y la puesta en marcha de una política europeísta, son aspectos que no sólo estamos obligados a elogiar, sino que deberían firmar todas las fuerzas democráticas de este país. Aunque sólo fuese para oxigenar la atmósfera. Tratar de desacreditar al futuro gobierno socialista, y a Zapatero, horas después de su éxito electoral, no sólo resulta irresponsable por precipitado, sino que también revela una desconfianza que no tiene por qué existir y una inmadurez impropia de quien se dice demócrata. Y es, además, desautorizar a once millones de españoles que han apoyado una opción de cambio, plenamente conscientes de lo que hacían. Anteponiendo su sentido ético a cualquier otro tipo de intereses. Una de las exigencias básicas de toda democracia es el respeto. Eso que tanto echamos en falta en los últimos tiempos. Así que vamos a ver si lo recuperamos.