LA FOTO de estas elecciones es, naturalmente, la de Rodríguez Zapatero triunfante: su sonrisa serena y el gesto de la victoria con el dedo pulgar. Pero hay otra que, si no tuvo un primer plano en la prensa, sí ha sido muy visible en televisión: las lágrimas de Ana Botella en el momento de depositar su voto. Según me cuentan, fueron lágrimas provocadas por las agresiones verbales que sufrió su marido al entrar en el colegio electoral. Me ha impresionado. Yo pensaba que Ana Botella, después de tantos años en la política, ya estaba acostumbrada a este tipo de alborotos. Pero está claro que nadie se acostumbra a las hieles del poder. Al final, queda un pedazo de corazón que sufre. Y unos ojos que lloran. Lo cierto es que esa imagen pudo haber sido el símbolo de una premonición: de cómo estaban votando lo españoles. Lo menos importante fue el griterío. Lo importante fue lo que dijeron las urnas. Y así, aquel Aznar que se había acostado el sábado con la sensación íntima del deber cumplido, se despertó el domingo con el amargo lenguaje de los votos, y el lunes con un veredicto tremendo en la prensa: se había votado contra él. La inmensa mayoría de los análisis, incluso los más adictos, venían a decir eso: que Mariano Rajoy, un buen candidato, había sufrido las consecuencias de la política de Aznar. ¡Qué injusta es la política! En menos de 24 horas, el hombre ensalzado por su gesto de abandonar la Presidencia del Gobierno por voluntad propia y en un rasgo de generosidad, era «pasto» de unos comentarios que lo hacían responsable de la derrota de su partido. Lo advertía Cossío, hablando de este país taurino: un torero puede ser aclamado en un toro y pitado en el siguiente. Y no han pasado, añadía Cossío, veinte días; ni veinte horas; han pasado sólo veinte minutos. Tiene que ser tremendo acostarse por la noche con eso que tanto ha dicho -«He cumplido con mi deber, dejo a España mejor que en 1996»- y encontrarse a la mañana siguiente vapuleado por la opinión pública, como si hubiera sido un desastre para este país. Y lo malo es lo que puede venir a continuación: la legítima preocupación de Zapatero por «gobernar de forma distinta» constituirá en cada gesto una censura a la actitud de Aznar. Los exámenes internos de su partido pueden llevar a la conclusión de que Aznar no era el dios que adoraban. Esto hace de la ceremonia de relevo en el poder una ceremonia triste para la familia que todavía habita en La Moncloa. No abandonan aquel palacio con el abrazo a un matrimonio amigo, que llega, sino a una pareja que los desaloja. ¡La política! Encumbra y destroza personas con crueldad. Y lo malo es que tienen que pasar años hasta que empieza a triunfar la verdad.