CONTRA la barbarie, fortaleza. Contra el horror, serenidad. Contra la miseria moral, firmeza. Contra los asesinos, unidad. Contra la impotencia, fuerza. Contra el terror, democracia. Es difícil poder cumplirlo; de forma especial en una sociedad estremecida y agitada como está la española. Aturdida por la conmoción. Pero es la única alternativa. La jornada de reflexión de hoy ha de servirnos para meditar la forma de cómo plantarle cara a quienes sueñan con sumirnos en el dolor. Mientras se aclara la autoría de la masacre de Madrid, España ha vuelto a dar ayer mismo una lección. Atestando las calles para mostrar el rechazo a la locura asesina. Derrochando la cordura a la que siempre apelaba León Felipe. Y eso tiene que llenarnos de complacencia. A los ciudadanos y a quienes guardan responsabilidades de gobierno que tienen como primera e inexcusable misión la de aclarar quién está detrás de la matanza. Sería deseable, aunque pueda parecer una obscenidad plantearlo a estas horas, que lo hiciesen antes de mañana. Porque de una u otra opción puede pender el resultado electoral. Que haya sido ETA o Al Qaida, plantea, para una gran parte de españoles, un panorama bien diferente. España vive emocionalmente alterada. Por el zarpazo del terror. Indispuesta para acudir a las urnas con el equilibrio y sosiego que fuera deseable. Y quizás incapacitada para poder decidir con frialdad y firmeza su voto. Pero es, precisamente, en estos difíciles momentos cuando más se necesita de los demócratas. Manifestándose masivamente ante las urnas. Votando en libertad. Porque votar mañana es un acto de fe en la vida y en el futuro. Es el compromiso ineludible de quienes estuvimos, antes, ahora y siempre, contra el aniquilamiento. Es el deber que tenemos quienes rechazamos la muerte. Todas las muertes. Vengan de donde vengan.