A MEDIDA que nos llegaban las noticias de Madrid, nadie tuvo la menor duda de que el atentado de ayer era algo novedoso, y que, en la comprensible hipótesis de que la autoría fuese de ETA, se habrían alterado todas las tácticas y formas de actuación que caracterizan a la banda. Pero un poco más tarde, cuando Otegui negó rotundamente la autoría de ETA, el ministro del Interior prefirió jugar la carta de la eficacia policial y la política sin fisuras, dando por sentado que su radical convicción de que sólo ETA estaba detrás de la tragedia jamás iba a ser contrastada con esa eficacia policial que, más que una evidencia, constituye el primer dogma indiscutible de todos los discursos correctos. En contra de lo que siempre hizo ETA, incluyendo el atentado de Hipercor, lo que vimos ayer fue un atentado ciego, desmedido, y ajeno a las estrategias asesinas de ETA. Por eso hubiese sido muy prudente que, ante la necesidad de aceptar que todo había cambiado de repente, el ministro Acebes hubiese exhibido una cintura y una prudencia de las que no supo hacer gala. Y esa es la razón por la que nadie pudo evitar que, cuando el propio ministro compareció por la tarde ante los medios de comunicación, se nos pusiesen los pelos de punta ante la posibilidad de que, además de no haber logrado impedir los atentados, tampoco nos hubiésemos olido la posibilidad de que Al Qaida estuviese actuando en el seno de Madrid. Cuando escribo estas letras todavía estamos lejos de atribuir a ciencia cierta la responsabilidad de la sangre vertida ayer. Pero la forma en que se están desarrollando los acontecimientos me permite volver a mi vieja tesis de que es un gravísimo error el haber abrazado una sóla línea de actuación en la lucha contra el terrorismo, y que ninguna democracia puede considerarse avanzada si renuncia a hacer balance objetivo de una estrategia unidimensional y dogmática que ayer cerró balance con más de 190 muertos y 1.300 heridos en la casilla del debe . El fuerte olor a Al Qaida, que ya se percibe a estas horas, nos va a obligar a hurgar en todo aquello que ahora chirría. Porque si los muertos no son de ETA, alguien tendrá que decirnos para qué sirve el famoso CNI, en qué consiste la eficacia de Acebes y su policía, y qué balance se puede hacer de la invasión de Irak y de todas las políticas asentadas en la guerra contra el terror. Y por eso me pregunto también si, viendo la tragedia inenarrable de Madrid, tengo que soportar impasible una oratoria que vuelve a hablarme de unidad y silencio, y si es necesario adherirse, con fe de carbonero, al discurso nacido del 11 de septiembre de hace dos años. Porque si esa es la pregunta, mi respuesta personal es no.