Mayoría absoluta

| ERNESTO S. POMBO |

OPINIÓN

UNO DE los pocos asuntos que destacó sobre los demás en la campaña electoral que estamos a punto de clausurar, es el de la conveniencia de que el partido ganador obtenga una mayoría absoluta. Hemos debatido si esa mayoría sirve para gobernar con estabilidad o si, por el contrario, se utiliza para hacerlo arbitrariamente. Sin conclusiones nítidas. En las encuestas que se han venido realizando, más del 60 por ciento de los españoles se muestra contrario a las mayorías absolutas. Un porcentaje respetable, quizás motivado por las maneras y talantes que se utilizaron en la última. Aunque las mayorías, que parecen ser preocupantes en España, no lo son en otras democracias modernas donde ni siquiera se plantean la cuestión. En países de nuestro entorno los sistemas electorales generan sistemas parlamentarios bipartidistas que acaban siempre por dar a una de las dos fuerzas la gobernabilidad total. El PSOE, en varias ocasiones, y el PP, en la última legislatura, han gozado de este beneficio. Y ambas formaciones, por igual, lo han mal utilizado reiteradamente, aún en asuntos que resultaban primordiales para la sociedad. Quizás por eso, por lo padecido, esa mayoría de españoles se muestra contraria a que se repita la situación. Pero todo indica que lo único que se va a decidir el domingo es si el partido ganador, si como dicen las encuestas es el PP, va a disponer o no de los 176 diputados que precisa para gobernar en solitario. Y eso también parece estar a estas alturas en manos de los indecisos. A ellos corresponde tan importante decisión. Y no es nada fácil. Porque, aún con todo, resulta difícil tenerlo tan claro como lo tenía uno de los personajes históricos que nos dejó el pasado siglo. Adolf Hitler, rescatado estos días, aseguraba hasta la saciedad que «el poder, si no es absoluto no sirve para nada».