Jerarquía de urgencias

| JUAN JOSÉ R. CALAZA |

OPINIÓN

PILAR CANICOBA

10 mar 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

ENTIENDO que el terrorismo no sólo representa una amenaza para aquéllos que lo sufren directamente sino para toda la democracia española, que es la única que en Europa, quizás por excesivamente garantista y generosa, convive con esa rémora y -más insultante, si cabe- con sus democráticos albaceas empecinados en llegar al poder a cualquier precio. Ahora bien, le molesta mucho a la oposición, tanto a la oficialmente política como a la oficiosamente periodística, el énfasis que ponen el Gobierno y el PP en denunciar y combatir el terrorismo. Aducen que mayores problemas padece España, y compendian de ello una larga lista. Desde el coste de la vivienda (culpa del PP tanto aquí como en Londres), pasando por el paro (que no existía hace ocho años), el accidente del Yak-42 (porque los ucranianos son tan malos pilotos que los contratan para apagar incendios incluso en las autonomías gobernadas por el PSOE), la guerra de Irak (a la que España no envió ni un soldado a combatir), las malas relaciones con Europa (por no aceptar ya una Constitución hermosísima, en technicolor y pantalla panorámica, y no lustrarles con mayor brío las botas a los mandamases), la seguridad ciudadana y la delincuencia (que no se ve en el resto de Europa), demografía y pensiones (que están garantizadas por veinte años), la inmigración (por no darle a cada recién llegado un puesto de trabajo, una casa y tres novias), el Plan Hidrológico Nacional (preferible es llevar el agua a Barcelona desde el Ródano aunque reciba los residuos de seis -¡sí, seis!- centrales nucleares) y hasta si a la Parrala le gusta el vino o si los gays deben casarse de calle o de largo. Pero en todo ese minucioso compendio lo único que está claro es que aun siendo cierto que hay muchas cuestiones en las que el PP debe ganarse la credibilidad, no lo es menos que en otras la oposición la ha perdido completamente. Y al hablar de la oposición no me refiero solamente al principal de sus partidos sino también al núcleo duro de su plataforma mediática, que en prensa y radio ha descendido a un nivel tal de sectarismo rasante que únicamente siendo descerebrado seguidor pueden tomarse por argumentos sus inconmensurables ruedas de molino. Todos los problemas reseñados, y otros incluso más acuciantes e intensos, los viven las demás democracias europeas, pero es en España donde el terrorismo constituye un problema específico, una sinrazón flagrante, una abyección constante. En la jerarquía de urgencias que afectan al buen funcionamiento de España hay que arremeter sin piedad contra una izquierda que, arropada en el confort moral, gesta sus traiciones so capa de consenso y diálogo a todos los niveles entre los que no cabe olvidar los muy recientes con el nacionalismo xenófobo y antiespañol que representa ERC. Porque no es humo de pajas que en plena campaña electoral Savater haya tenido que cancelar un acto académico en la Universidad Rovira i Virgili de Tarragona por las presiones de los radicales afiliados a la Coordinadora d'Estudiants dels Països Catalans. A muchos nos causa inquietud, además de pena y asco, la falta de arrojo moral ante el terrorismo que, por supuesto, algunos pretenden subsanar con meras condenaciones retóricas... pero ampliamente compensadas con descarada oposición a la panoplia de medidas legales, y eficacísimas, desarrolladas desde el Gobierno del PP. Cae muy lejos de mi intención una crítica detallada de la irresponsabilidad en la que con más frecuencia de la deseable incurre la oposición; no obstante, si en la jerarquía de urgencias predomina resolver, antes que el problema del terrorismo, el paro, la carestía de la vivienda, o la seguridad ciudadana, mejor sería volver al franquismo, porque en esa época se consiguió el pleno empleo, la vivienda estaba barata y se podía dejar la puerta de casa abierta sin que entraran a robar.