Churruchao

| JUAN JOSÉ R. CALAZA |

OPINIÓN

BOUZA

FUI A PASAR un par de días a Londres con un amigo que no tiene públicamente a gala ser persona , penúltima simpleza de los moralizadores que escriben al dictado. Aunque nació en Brighton hace setenta y seis años, hijo de una condesa inglesa algo andaluza y de un noble de origen gallego, Churruchao de Deza, está muy vinculado a Galicia. En su manor de Essex posee la mejor colección de pintura gallega que conozco, en parte adquirida y el resto heredada. Alto, digno y arisco como un lobo piojoso, Yago Churruchao recubre sus hombros sarmentosos, rectos y anchos, con una raída pero sobre él aún elegante capa que perteneció a su abuelo. Brillante mirada azul vikingo, pelo abundante y nevado iluminan una cara de mejillas hundidas y piel pegada a huesos muy marcados, como aristas de un mueble añoso bien seco y patinado. Los pies, enormes, calzan limpísimos zapatos, de tal calidad que ya fueron de su padre, en los que los agujeros de las suelas se acomodan perfectamente con la ausencia de cordones. Quizás el poeta Carlos Oroza, el pintor Piño Ozores, Álvaro Cunhal y Portela Valladares dieran, convenientemente aleados por mano de orfebre, una ligera idea de su aspecto. En consonancia con la capa y los zapatos, Churruchao no tiene teléfono. De muy antiguo linaje, inmensamente rico, detesta por vulgar lo que es lujoso o moderno. Y a ver quién se atreve a llevarle la contraria. Cuando quiere ponerse en contacto conmigo, tres o cuatro veces al año, envía un telegrama; igual que los personajes de Oscar Wilde, que aborrece, pero sin circunloquios ni fórmulas de cortesía: «Domingo, 11h. Trae pan francés». Fiel escudero, allá fui. En la Tate Britain, exposición de pintores prerrafaelitas ( Pre-Raphaelite Vision: Truth to Nature ). Desde el primero al último cuadro, ciento cincuenta telas, la Inglaterra idílica del siglo XIX; el ilusionismo virtuoso, minucioso y falso de un bucolismo incontaminado mostraba hasta qué punto la imagen es engañosa. Cielos perfectos de serenidad y belleza, ovejas sanas, niños y doncellas todavía más; ni siquiera una vía de tren o humo de chimenea alguna que a lo lejos testimoniase la revolución industrial que invadía la campiña inglesa. De Ford Madox Brown a William Holman Hunt, todos los pintores expuestos se servían de las imágenes para fijar sus propias obsesiones, esto es, la exaltación de una nación inigualable. Conservar, en suma, las incontaminadas esencias practicando un hiperrealismo casi fotográfico como testimonio de una gran mentira voluntariamente asumida por toda una escuela al notariar tramposamente la realidad para dejar constancia de un pasado mítico, inexistente, falseado hasta la impostura. En Churruchao nada es banalmente arbitrario o caprichoso, todo tiene su razón de ser; con su testarudo silencio quería que yo me impregnara de la exposición y le dijese lo que no estaba deseando escuchar: «Sí, todo mentira; igual que allí, pero al menos este canon trampea con lo bello y alegre, no con lo triste y horrendo». La imagen engaña cuando su finalidad es doctrinaria, didáctica o política. A los campesinos encorvados y vencidos de Castelao siempre podrá oponerse la felicidad vitalista de los personajes robustos, contentos de vivir, de las composiciones de Juan Luis; contra los paisajes irradiados, las flores negras, el horizonte contaminado sin esperanza del generoso y buen Lodeiro cantan las estampas sonrientes de las leiras miñotas de Antonio Fernández. A la foto fetiche de Manuel Ferrol le retuerce el cuello una postal de los edificios indianos de Sanxenxo. El pan francés à l'ancienne estaba delicioso, pero el jamón y el vino español de Churruchao, aun mejor. Cayeron también varias de malt , en solvente compañía. De vuelta, pensando en él, recordé estos versos: «Tengo algo de lord y de gitano/ aunque a veces blasfemo nunca miento/ a una monja rapté de su convento/ y de cinco hermandades soy hermano./ Es mi capa la capa más raída/ y mi frac es el frac más elegante/ con todas las mujeres soy galante/ aunque un día le pegué a mi querida./ A un marqués extranjero mi pistola/ defendiendo el honor de una española/ dejó muerto en el patio de un castillo/ y en los jardines de una venta maja/ a un gitano tendí con mi navaja». Cierto es que estas cosas no las piensan las personas decentes pero a Yago y a mí nos atrae más la estética canalla que su contrapunto, el llanto recurrente de la negra sombra . Por razones de buen gusto: un pueblo digno y pudoroso no hace bandera de sus miserias.