LA OBRA Amadeus, de Peter Shaffer, que se popularizó a través de la oscarizada versión cinematográfica de Milos Forman, es un tanto maniquea. Muestra dos caras antagónicas de la música: Wolfgang Amadeus Mozart, ex niño prodigio, compositor genial poco reconocido en su propio país, un humilde sirviente de los príncipes, siempre acuciado por las deudas, y Antonio Salieri, músico mediocre y esforzado, extranjero, y sin embargo aplaudido y bien remunerado Kapellmeister del imperio austríaco. Traslademos el ejemplo teatral a la dicotomía entre arquitectura y edificación en serie. Los medios de comunicación hablan con frecuencia de arquitectos eminentes y edificios premiados, y al lado insertan reportajes y suplementos sobre la actividad inmobiliaria que parecen no guardar relación con lo anterior. Es una contradicción patente pero, tal vez, nos está indicando por dónde van los tiros. Si el mercado de la vivienda está dirigido fundamentalmente por el interés financiero, y toda vez que el sector aún no se ha decantado por la calidad arquitectónica como valor económico, sería bueno que pudiera dotarse a ese mercado de una estética basada en objetivos de calidad e innovación. Para ello, tendría que estar atento a una sociedad que ha evolucionado mucho más deprisa que lo que se le ofrece en la organización del habitáculo y, al mismo tiempo, ser capaz de impulsar I+D arquitectónico y urbano que permita seguir incorporando nuevas tecnologías y técnicas constructivas, abaratar costes sin detrimento de la calidad, profundizar en temas como el consumo energético y el reciclaje de materiales, con objeto de introducir una construcción estandarizada, flexible y sostenible. Las fachadas, en vez de ser grandilocuentes y estéticamente especulativas, deberían tener una voluntad compositiva, utilizando texturas y materiales con intención expresiva, pero con serenidad y discreción, pensando en el espacio público cuando se diseña el edificio. Las escuelas de Arquitectura, en otro tiempo escasas y elitistas pero ahora masificadas, podrían considerar la posibilidad de especializar una rama de la docencia en este tipo de edificación inmobiliaria, en la que se explicase tanto el oficio de la buena construcción como las características económicas del sector inmobiliario, para aportar imaginación a este sector y evitar, en cambio, la ostentación, el barroquismo de las formas y los materiales, el falso historicismo, la reiteración. No todo lo que se construye tiene por qué ser singularmente bello. Fijémonos en el eclecticismo de los ensanches europeos, donde lo importante no es el edificio individual sino el conjunto de ellos que se reclinan en sus aspiraciones estéticas para formar la calle o la plaza. Shaffer, al final, sólo proponía un juego teatral sin pretensiones de rigor histórico. Mozart, excelso, y Salieri, un buen profesional, pueden coexistir en armonía; es más, es necesario que así sea en beneficio de la música. Si todas las obras humanas fuesen geniales, el mundo sería insoportable.