AVANZA Ronaldinho, se interna, se mete en pleno barroco, sigue Obradoiro arriba, está a dos pasos de ganar el jubileo y lo gana ¡vaya si lo gana! con un soberbio pelotazo y ¡vaya, coño! un cristal... Solamente nos faltó la épica de Matías Prats padre. Si la transmisión fuera por la Gallega, el balón se iba al curruncho o a las bancadas, a elegir, y aquí paz y después gloria. Decíamos ayer que los garajes son las nuevas catedrales del Becerro de Lata y añadimos ahora que no hay mejor polifonía que la de un tubo de escape. Cambiando de dioses y de rito, hace un par de días hemos visto cómo Ronaldinho, Sumo Pontífice del Esférico, ante la catedral de Santiago ejecutaba una solemnísima liturgia con sus extremidades superiores, las que en el común de los fieles son inferiores e incluso patosas. Y esto te es como lo de las lentejas, ley Canalejas: o las tomas o las dejas. Y, ya puesto en tener que elegir pelotazo, prefiero el de Ronaldinho antes que el de Javier de la Rosa. Hay que estar al loro y a los signos de los tiempos, no hay que hacerse cruces ni tener por vidrioso un asunto que simplemente es cristalino. Pero cristalino porque todo quedó en romper un cristal de cuatro perras, y no cristalino por aquello otro de la claridad diáfana y sin objeción, pues algo habría que decir y lo dicen, sin que les falte su cuota de razón y buen criterio, los que dicen que cada cosa tiene su tiempo y su sitio. En cualquier caso tómense el asunto como cristalino y no como vidrioso, pues vidrioso, de escachar una vidriera, podría ser en León, Chartres, Colonia... pero no por aquí, que tenemos pocas vidrieras, pues son cosa gótica, del XIII al XV, y nosotros ya estamos cristalizados desde Breogán, muchos siglos antes, y cristalizados en el sistema hexagonal, mucho mejor que el ojival. El pelotazo de Ronaldinho puede ser una inyección de actualidad para nuestro Camino y nuestra catedral, que ya sé que son la repera y que no necesitan de vanidades y banalidades, pero por si es caso en la maravilla que nos hizo Casas Nóvoa yo dejaría sin reponer el cristal que escachó Ronaldinho para acrecer y exhibir nuestro Patrimonio Histórico-Cultural. Y háganme el favor de tener perspectiva y pesquis, pues también anduvieron o andan por ese Patrimonio cosas como la pila en la que bebió y reventó el caballo de Almanzor, que no nos dejó piedra sobre piedra, mientras que Ronaldinho quería traernos gente con la demostración de que el Apóstol es paciente y se deja meter un gol por todos cuantos se le acerquen. Y más digo: aquel cristal roto servirá para que vuelvan a levantar la mirada al pasmo barroco del Obradoiro unos cuantos turistas a los que últimamente veo muy ajenos a molduras, volutas y capiteles porque están embobados con la vista baja en lo bien que hace el Tancredo un señor vestido de faraón o la gracia con que sonríe a la propina un querubín de purpurina entre barroca y legionaria. Sólo se rompió un cristal, nadie quemó una puerta. ¿Do you understand?