ANUNCIABA anteayer que, junto con la incalificable sombra de sospecha que el consejero de Justicia del Gobierno vasco, Joseba Azkárraga, echaba sobre la impecable operación de la Guardia Civil que ha supuesto la interceptación de otra caravana de la muerte de ETA, hay excesos que, por la vía del entusiasmo, también se cometen con declaraciones o descalificaciones. Pero también se hace preciso recordar aquel abril de 1995, cuando el entonces jefe de la oposición, José María Aznar, se salvó por segundos y milímetros de una muerte segura en un atentado de ETA. Creo que este episodio, nada baladí, ha condicionado y hasta legitimado las inamovibles posiciones de Aznar ante el terrorismo. Conozco a más de un superviviente de atentados de ETA y puedo asegurar que no hay ni uno solo que no haya experimentado un cambio sustancial en su visión de lo que se llama fenómeno terrorista y probablemente hasta en su vida. Por manejar una sola imagen, debe condicionar no poco pensar que esos hijos a los que uno ve crecer día a día pudieran haberse encontrado sin padre o sin madre o sin ambos -como ocurrió con los del concejal sevillano Jiménez Becerril y su esposa- porque ETA decidió un mal día señalarlos como víctimas de su actividad asesina. Pero escribo sólo de Aznar. No seré yo quien disculpe ni quite un ápice de la importancia que tiene a la traición que Carod-Rovira protagonizó con su encuentro con dos asesinos manchados de sangre inocente hasta las cejas; y la negativa influencia que pudiera haber tenido en la lucha contra el terrorismo; pero de ahí a suponer su alegría porque los detenidos en la madrugada del sábado iban a atentar en Madrid; interpretar el contenido de las conversaciones de Carod-Rovira y los etarras con un «sigan matando ustedes en el resto de España, pero no en Cataluña» o poner en el mismo plano de descalificación a la formación política de Carod y a los socialistas por presentar listas conjuntas al Senado en Cataluña media un abismo, y en todo caso serán los electores, empezando por los catalanes, quienes dicten su veredicto el próximo día 14. Lo de Aznar -escrito queda- tiene la legitimidad del atentado sufrido hace ocho años; lo demás se inscribe en las fronteras del componente miserable que, en ocasiones y por desgracia, tiene la política.