La nevada electoral

| ANTONIO GONZÁLEZ |

OPINIÓN

02 mar 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

TODO EL MUNDO decía que la campaña electoral iba a ser de perfil bajo. Estaban muy equivocados. Nada más pegar el primer cartel, la meteorología dijo allá voy y empezó a descargar agua y nieve a granel y un viento helado importado del propio polo norte. Tantas broncas y desmanes de los políticos en celo electorero, tantos disparates e insultos, tanto griterío, tenía que provocar inevitablemente la gran tormenta. Los expertos en pronósticos del tiempo tomaron la iniciativa y por encargo de los de arriba decretaron que nevara por toneladas y lloviera a cántaros. Los telediarios, liberados de las presiones políticas incómodas y de los coñazos de siempre, gastan la mitad de su tiempo (horario) en hablar del tiempo (meteorológico), que es la más tópica y recurrente manera que suele utilizarse normalmente cuando no se tiene o no se quiere hablar de otras cosas. O sea, estamos en un período político-ambiental frío por fuera y caliente por dentro. Tiempo de catarros. Aquí, entre nosotros, cuando nieva más de un palmo o la lluvia llena una palangana, la gran preocupación nacional se traslada a las carreteras, donde siempre hay un camión cruzado de lado a lado, que impide el tráfico y forma un tapón de muchos kilómetros, mientras nieva que te nieva... A estos lugares inaccesibles sólo llegan con presteza los reporteros y rara vez los auxilios de la llamada Protección Civil que, como dijo un funcionario, su obligación es avisar de que va a nevar y que lo mejor es no salir de casa.(Primos hermanos en eficacia con la Dirección General de Tráfico). Porque aquí, como se puede comprobar, el mal tiempo tiene peores intenciones que, por ejemplo, en Suecia, donde los telediarios no hablan del mal tiempo porque no es noticia. En estos días de invierno, lo normal es que haga frío y que llueva o nieve, porque es lo suyo. El refranero avisa: «Si marzo mayea, mayo marcea», y eso quiere decir que lo lógico y natural es que en este mes de marzo recién llegado, siga haciendo mal tiempo y que queden los coletazos de las tormentas de febrero, porque el invierno aún tiene casi tres semanas de plazo para despedirse y que entre la primavera, con sus alergias y la sangre alterada, que son fenómenos naturales y también, este año, secuelas del crudo invierno electoral. Este mes de marzo no es sólo una transición estacional, sino el anticipo de una nueva estación política, que para unos será primavera y para otros invierno. Las esquinas de todos los pueblos españoles, incluidos aquéllos que quisieran ser de otra parte, están invadidas de carteles electorales. En estos fríos días, en las escuelas y en las calles, en las tertulias y en los telediarios, se conjuga el verbo nevar... Yo nievo, tu nievas, él nieva..., como si fuera un soniquete de la campaña electoral. «Yo nievo mejor que usted, señor Zapatero. Los españoles ya saben cómo nieva mi partido...», dice Rajoy desde su cartel con cara de don Quijote cuando aún era un hidalgo cuerdo. «Usted sólo nieva para los pobres y además ha fracasado en sus nevadas...», le espeta Zapatero desde su cartel con cara de viejo anuncio de un betún. Mientras llega el día D, unos y otros se lanzan pelotas de nieve como chiquillos en el recreo.