SI LO contemporáneo es lo relativo a la época actual, a lo moderno debería dársele la acepción de rebelión contra lo convencional y lo tradicional de nuestro tiempo. Una manifestación o expresión adquiere la categoría de arte cuando es capaz de soportar el paso del tiempo en un presente continuado. En ese sentido, los primeros cincuenta años del siglo pasado fueron de absoluta modernidad, tanto en sus expresiones artísticas como en su correspondiente pensamiento, y desde entonces andamos con las espaldas cargadas de post e hipermodernidad. Hemos pasado de un mundo segregado por la geografía y roto por el belicismo universal a otro con menos fronteras, trabado en red, pero más individualista, donde los objetos, las imágenes, las cifras, los hechos circunstanciales, no guardan una interrelación y carecen de un contexto global. La ciudad de hoy traduce esta fragmentación y da la sensación de que se estuviese haciendo a sí misma cada día, con un cúmulo de edificaciones masivas y espacios públicos reiterativos, acompañados por una tímida, por escasa, buena arquitectura doméstica, aplastada mediáticamente por la nueva monumentalidad de la era del espectáculo. Aunque es bien cierto que todo lo que se construye, planes y proyectos, lleva la firma de un profesional con su correlativa responsabilidad, podemos aventurar que los arquitectos van perdiendo su auctoritas proyectiva y propositiva, porque en muchos casos la ceden graciosamente. Cuando los planes urbanísticos pierden capacidad ordenadora y sólo responden a un interés inmobiliario, cuando la promoción desiste de toda pretensión de estilo o de innovación y el arquitecto ni se lo plantea, cuando, en fin, el conjunto de lo construido degenera en lo horribilis , se dice que es una cuestión política. Se hace, a mi parecer, excesivo hincapié en las virtudes de la minoritaria arquitectura de calidad y, en cambio, no se habla de la responsabilidad del profesional sobre todo lo demás. La semana pasada, en un seminario organizado en Sevilla por la Fundación para el Fomento de la Arquitectura Contemporánea, argumentaba que necesitamos otra modernidad que aporte ideas frescas a nuestra actividad. La arquitectura no ha de ser vista sólo como objeto, sino contextualizada en el proyecto urbano; éste, a su vez, debe ser restablecido para no quedar reducido al cumplimiento de un conjunto de estándares que promueven las juntas de compensación y los ayuntamientos se limitan a supervisar; y los planes tienen que estar basados en una filosofía que aporte fundamentos para ordenar el crecimiento de la ciudad. La arquitectura necesita la arquitectónica de la que hablaba hace años Karel Kosic, y los planes necesitan urbanística. Se trata, aunque las palabras parezcan heterodoxas, de des-objetualizar, dejar de venerar los objetos por sí mismos, para con-textualizarlos en lo urbano. Los arquitectos y su colegio profesional están, en primer lugar, para percibir la trascendencia de la situación, luego para plantearse soluciones como colectivo y exigir individualmente una nueva deontología, y en tercer lugar para generar un estado de opinión propicio para que pueda expandirse una relación diferente con la sociedad. Están, como lo han hecho hasta ahora, no sólo para visar proyectos, sino también para volver a pensar la ciudad y la arquitectura.