CON CIERTA frecuencia aparecen en los medios de comunicación social informaciones sobre iniciativas punteras surgidas en el seno de la sociedad civil de Galicia. Una bocanada de aire fresco que orea el cargado ambiente de proclamas y mensajes electorales repentinamente agitado con declaraciones de encapuchados. Me refiero ahora a las iniciativas de carácter marcadamente económico que, por su importancia, no se circunscriben a los espacios periodísticos de esa naturaleza. Me parece que no se ha subrayado suficientemente la importancia de sus actores, oscurecida por los primeros planos que suelen ocupar los políticos. En casos, porque los protagonistas rehuyen esa posición o la aceptan, con mayor o menor entusiasmo, abrumados por la inevitable notoriedad de lo que han hecho y siguen haciendo. No se trata de ofrecer aquí una relación. Además de improcedente, lo impide la limitación de esta columna. Están en la mente de todos y cada quien puede componerla como le parezca. El dato cierto es que, con diferentes estilos y trayectorias, proyectan Galicia fuera de sus límites geográficos. En Libia o en Irán, en Salvador o Guatemala, en Uruguay o en Portugal, en EE. UU. o en Rumanía, por citar algunos ejemplos de fácil identificación, personas egregias de la actividad empresarial han desarrollado iniciativas, por su propio impulso. No son el objetivo definitivo de una programación política. Y cuando se trata de la iniciación o la culminación de la idea emprendedora, son ellos los promotores del viaje, que se prestigia con el acompañamiento -servicio público- del alto dignatario político. A veces, como en Marruecos, no hace falta su presencia. Esas realidades constituyen para los ciudadanos motivo de autoestima, aunque no posean acciones de las correspondientes sociedades mercantiles. Ahora que las banderas se ignoran o se instrumentalizan como símbolos identificadores de la comunidad -sea España o de la Autonomía propia- enorgullece encontrarse en la Quinta Avenida de Nueva York, en la londinense Oxford Street o en el centro de Atenas, la marca comercial que nació aquí y aquí continúa. Un sentimiento similar puede surgir con redes hoteleras que se ubican en Praga, en México o en islas del Mediterráneo o del Atlántico. No son huida de las raíces, sino amplitud de las ramas que las nutren en un mundo globalizado. Nombres de ahora y de antes, con huella dentro y fuera de Galicia podrían ilustrar ese impulso encomiable de la sociedad civil. No es necesario ni lo necesitan. Pero quizá lo sea reflexionar sobre su proyección pública -de los más destacados y de los menos conocidos- entendida como participación en la empresa de configurar la Galicia del futuro en su dimensión global. Contribuyen a su progreso, a su imagen en el exterior. ¿Acaba ahí su misión? Sobre la cuestión habrá que volver en momentos de mayor sosiego.