Un euro al día

| XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS |

OPINIÓN

AUNQUE HAITÍ es un país pequeñito, sin ninguna relevancia política o estratégica, constituye un auténtico alegato contra una política internacional que, lejos de estar definida por la solidaridad y la libertad, parece estar pensada para empobrecer y esclavizar a las naciones más débiles. Situada junto a los Estados Unidos, tutelada por la Francia de la grandeur , y dotada de un régimen que contó con la anuencia de las democracias más avanzadas, nadie puede explicarse por qué el paraíso natural de Haití sigue siendo una de las naciones más pobres del mundo, por qué sigue siendo un agujero negro en la constelación de los derechos humanos, y por qué se prepara para un baño de sangre, a boca de fusil y filo de machete, sin que nadie se disponga a frenarlo. Frente al endiablado avispero de Irak, cuyas dimensiones y complejidad sirven para justificar el fracaso de las políticas occidentales, el caso de Haití nos pone ante la situación exactamente contraria: es un país diminuto, está en un contexto estable, no tiene problemas de fragmentación religiosa o étnica, no es amenaza ni condición para nada, y depende exclusivamente de la ayuda que se le quiera prestar. Y por eso funciona como la prueba del nueve de una política occidental tan colonialista y abusiva como lo fue siempre, que, lejos de proceder a estabilizar una situación que se arregla con cuatro perras de dólar o tres de euro, se limita a poner presidentes títeres que puedan garantizar los despreciables intereses que pueden quedar en un país hundido en la miseria. Esa es la razón por la que Jean-Bertrand Aristide derivó con tanta facilidad hacia la dictadura y la corrupción más escandalosa, la misma que ahora justifica que, tan pronto aparecen nubes en el horizonte, ni Francia ni Estados Unidos tengan más alternativa que cambiar una dictadura por otra y dejar a los pobres haitianos a merced de otra élite guerrera que no trae más intenciones que la de abrir sustanciosas cuentas en los bancos de Suiza. La renta media de Haití representa la fabulosa cantidad de un euro al día, equivalente a 1/43 de la de España. Y así no se puede seguir. Por eso me parece que, en vez de gastar tanto esfuerzo en preguntarnos por qué aumenta tanto la amenaza exterior contra nuestra bienestar, sería más acertado empezar a pensar por qué no se levantan todos, cogen sus antorchas y fouciños, y se lanzan a la quema del mundo. Porque la desigualdad y la injusticia son el caldo de cultivo de todos los odios y violencias. Y porque Haití es la prueba del nueve de que una parte importante del mundo vive en el infierno porque nos da la real gana. Así de simple. Así de crudo. Así de amenazante.