LO MEJOR que tiene la Unión Europea es que probablemente es irreversible. Porque si su construcción tuviera que depender de los actuales fomentadores de bloques, estaríamos aviados. Discursos de prepotencia y de desconfianza dan el tono de la situación. Jacques Chirac, Gerhardt Schröder y Tony Blair parecen decididos a implantar un directorio que, como era de esperar, ha puesto de uñas a casi todos los demás Estados miembros. «No queremos un directorio que cocine una comida que tenga que tragarse el resto de Europa», han dicho estos últimos, mientras el canciller alemán repite en vano que ellos (Berlín-París-Londres) no quieren dominar a nadie sino buscar el bien de Europa. Enfrentados, ésta es la palabra. Todos familiarmente enfrentados. Y lo que es peor: sin la menor intención de enmendar sus yerros. Porque la cosa va de eso: de un encadenamiento de pulsos, equívocos y malos modos. ¿Se pudo presentar la Constitución europea de forma más abrupta y prepotente por parte de Chirac y Schröder en la cumbre de Bruselas? ¿No parecía un acuerdo cerrado entre París y Berlín a espaldas de los más afectados? ¿A quién le podía extrañar que ese texto fundamental no se aprobase? El papel de Madrid y Varsovia era mejorable con una diplomacia adecuada, pero no es seguro que esta vía fuese suficiente para cerrar las heridas en el orgullo que impulsan al eje París-Berlin (¿O sería mejor decir al tándem Chirac-Schröder, que no para de amenazar con una Europa de dos velocidades o con un inexplicado y ni se sabe si existente Plan B ? Dice el presidente de la Comisión Europea, Romano Prodi, que se ha debilitado mucho el espíritu europeo, y manifiesta su temor de que una demora excesiva en el replanteamiento de la Constitución acabe por desbaratarla a corto plazo. Y muchos ya nos preguntamos: ¿Siguen París y Berlín interesados en que se apruebe este año la Constitución Europea o ya están trabajando en otra opción? Los líderes europeos que se han comprometido a convertir la UE en la economía más competitiva del mundo antes del 2010 son los mismos que ahora no se entienden. Éste es el verdadero problema.