Al Olimpo de los payasos

| LUCI GARCÉS |

OPINIÓN

21 feb 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

ERA UN hombre feliz porque toda su vida la dedicó a hacer felices a otros. José Villa del Río, santanderino, soñó desde niño, como muchos de nosotros, con ser payaso, y lo logró al convertirse en Tonetti, Pepe para los miles de amigos que cosechó junto a la risa inocente, candorosa. Los hermanos Tonetti crearon un sencillo circo itinerante que se convirtió en uno de los grandes e internacionales, el Circo Atlas. Y ni salir de la modesta economía familiar, y ni el llevar una gran empresa, le distrajo de repartir algo más de risas. Su generosidad era proverbial, su preocupación por los que sufrían, también. Junto a otros compañeros fundó el Club de Payasos Españoles y Artistas de Circo. Realizó amplias giras por nuestro país y participó en multitud de festivales benéficos y actos de caridad. Entre otros premios recibió la insignia del Club de Payasos en 1971, la Cruz de Beneficencia en el 74 y la Medalla de Cantabria en 1985, además de los monumentos al Payaso en Bilbao y Santander en 1985, de tamaño natural el primero, y en ambos casos en reconocimiento por todo lo que nos hizo reír. Asimismo estaba en posesión del Premio Nacional de Circo, que se le concedió en dos ocasiones, en 1972 y 1998. Existen los premios Tonetti a la labor humanitaria, que entre otros tienen Mandela y Patarroyo. Ayer, Tonetti se fue a provocar carcajadas en el Olimpo de los payasos, a narrar allá chistes, a provocar una sonrisa, a recordar su parodia de las pescantinas y ese verbo que puso de moda «abajar, abajar las sardinas» y que desapareció cuando en los 60 se prohibió la venta ambulante de pescado.