¿Cómo llamarles?


SIN FALTAR a la verdad, quizás no sea la coherencia el mérito más destacado de la -¿cómo llamarle?- izquierda ingenua. Con este dictamen, en absoluto demoledor, no excluyo otras cualidades toda vez que su finalidad publicitada, algo candorosa y simplista, se resume en un sencillo lema: profundización de la democracia. Lo malo del asunto es que astutamente manipulados por algún que otro escéptico resabiado tipo Fernando Savater (ver su reciente libro El gran fraude , Aguilar) nos entra la duda de si tanto candor democrático no esconde estrategias partidistas. Por ejemplo, en la mencionada obra podemos leer, aunque ya lo sabíamos, que la última moda entre los que él califica de izquierda lerda es sugerir que «cualquier denuncia activa de los planteamientos nacionalistas en estos momentos hace el juego al gobierno del PP y a las expectativas electorales de dicho grupo». Porque era de noche y sin embargo llovía.Savater, como suele ser habitual cuando analiza la dictadura neosomozista de las tres pes -al amigo plata, al tibio palo, al enemigo plomo- existente en el País Vasco, jaspea de muy cabales razones su argumentación. Ahora bien, en esta entrega lo más granado del razonamiento no va dirigido a desmontar la impostura democrática del PNV sino la incoherencia y la hipocresía que gruye en el -¿cómo llamarle?- zoológico progresista. No es para menos. Pues, desde el cocodrilo en jefe a la hiena madre, le reprochan a Fernando la convergencia que mantiene con algunos de los planteamientos de la derecha gobernante. Además, también coincide con Aznar en lavarse los dientes después de las comidas, con Berlusconi en no dormir con una pitón ( sic ) y con Sadam Hussein en criticar la participación de España en la guerra de Irak. Y si todo eso no fuera suficiente, para el -¿cómo llamarle?- carnaval radical chic antiglobalizador (música de Manu Chao, guión de Suso de Toro, dirección de Medem), Savater es «un crispador vocacional que ahonda el abismo entre las comunidades nacionalista y no nacionalista, entorpeciendo el imprescindible dialogo y contribuyendo a que se satanice a los partidarios de este último» ( Ibidem ). Así las cosas, permítanme que meta mi personal baza en el debate exponiendo el siguiente cas d'école , afrancesado que soy, por si alguien necesita aclarar las ideas. Supongamos que surge en España una organización paramilitar cuyo objetivo es conseguir mediante el terror que en el País Vasco, Cataluña y Galicia se vuelva a una situación predemocrática, esto es, prohibición del uso oficial de las lenguas vernáculas, desa-parición de las instituciones autonómicas, etc. A tal fin, asesinan a señalados políticos e intelectuales nacionalistas, y a otros que no lo son tanto, para hacer extensiva la estrategia del miedo a toda la sociedad, sin olvidar indiscriminadas bombas en supermercados, palizas, extorsiones, raptos, etc. Sigamos suponiendo que escogemos al azar un elemento representativo del -¿cómo llamarle?- sindicato del confort moral y le preguntamos si estaría dispuesto a amparar el diálogo con esa clase de terroristas habida cuenta que «lo más importante es salvar vidas humanas» y que «en todo caso, la violencia no debe ser nunca una razón que impida el debate sino, por el contrario, una causa adicional para su realización y para articular soluciones a los conflictos» ( Ibidem ). Por tanto, o hay que dialogar o al enemigo ni agua. Si el susodicho representante de la intelectualidad dialogante rechazase la negociación me parecería poco calificarlo de incoherente e hipócrita por cuanto desestima en nuestro cas d'école las virtudes que atribuye a la negociación con el fascismo etarra. Pero si para evitar la contradicción y la incoherencia apoya el diálogo con los asesinos de tendencias predemocráticas no tendrá más remedio que reconocer que está alentando implícitamente la aparición de ese tipo de terrorismo al admitir que, en la contingencia, habría que negociar. Sobra decir, para evitar la contradictoria incoherencia y la justificación del terrorismo predemocrático, la única salida apropiada es renunciar ex ante de que se plantee el cas d'école al diálogo con cualquier tipo de terrorismo. Que es ni más ni menos la conclusión a la que debería llegar por sí misma, sin necesidad de leer el libro de Fernando Savater, cualquier persona que merezca el derecho a votar, pero si después de leerlo aún sigue pensando que hay que dialogar con los asesinos etarras y portamaletas adjuntos tampoco me sorprendería: moral e intelectualmente sigue habiendo clases y no todos pertenecemos a la del radical chic . Porque, qué pensar de la -¿cómo llamarle?- peña de la equidistancia, otrora de la pana y la bufanda, cuando afirman que «la culpa de la exacerbación nacionalista de los últimos tiempos (.) debe recaer en el españolismo exagerado del PP» ( Ibidem ) que es tanto como afirmar que el terrorismo es culpa de la democracia ya que con Franco apenas existía.

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