VLADIMIR PUTIN teme que, ante las elecciones presidenciales del 14 de marzo, se produzca una oleada de sangrientos atentados como el del viernes en el metro de Moscú. Pero no hará nada por cambiar la situación, porque, en el fondo, esos atentados aumentan el respaldo público a su política de tierra quemada en Chechenia, como acreditan las encuestas. La brutalidad terrorista se convierte así en el mejor aliado del represor, como ocurre en Oriente Próximo con el terrorismo palestino, que apuntala, sin quererlo, a un Ariel Sharon enemigo de toda opción de paz por su absoluto descreimiento en ella. Así se ceba y se rentabiliza una espiral de violencia. Putin, nada más saber del atentado y sin ninguna investigación de por medio, se apresuró a responsabilizar al terrorismo checheno del salvaje acto. No importa que los líderes guerrilleros de una Chechenia que fue independiente de facto, aunque no de iure, lo nieguen. La cuestión está zanjada desde bastante antes de que estallen las bombas. Culpables: los chechenos que no se pliegan a Moscú. Remedio: más represión, más escuadrones de la muerte, más impunidad. ¿Temor? A que todo esto se vea fuera. No hay argumento que valga para defender la barbarie que encarnan estos atentados. Sus autores no hacen más que justificar la ferocidad represiva. Pero tampoco se explica la complacencia con la que Putin, cercenando libertades democráticas esenciales (sobre todo en los medios de comunicación), se presta a este juego diabólico amparando un contraterrorismo que tiene una faz cada vez más parecida a la de aquello que combate. Es casi como si unos y otros se mirasen en un espejo. Putin teme más atentados como el del viernes, con casi medio centenar de muertos, pero no deja de reprimir, con la anuencia de una comunidad internacional decidida a no ver excesos en la lucha contra todo lo que huela a terrorismo. Y en ésas estamos. Con un Putin aclamado, con una débil oposición rusa denunciando un horror que estima contraproducente, y con unos chechenos que viven el infierno en vivo y en directo, enterrados en el silencio. ¿Queda alguien que defienda los derechos humanos?