ZARA ha puesto la guinda que la introduce definitivamente en el Olimpo de las marcas conocidas mundialmente. Abre tienda en un esquinazo de postín, justo enfrente de la intratable Gucci, del kilómetro de platino de la Quinta Avenida de Nueva York, el que discurre entre las calles 48 y 60, el tramo, junto a otro de la Avenida Madison, en el que hay que poner el pie para estar en la Champions League de los archiconsagrados. La marca gallega ya tenía cuatro establecimientos en la urbe de los rascacielos, pero aposentarse con desparpajo en ese espacio lujoso de la Quinta es acceder al Club de los exquisitos , al de las estrellas identificables en cualquier lugar del planeta. Será, con Lladró que pisa fuerte en una aristocrática calle lateral, la firma española presente en ese cotizado lugar que encandila al consumidor estadounidense. Sin dar codazos, paso a paso, Zara ha desplazado de la Quinta a un par de firmas conocidas y veo a algunas de ellas observar, perplejas, la irrupción de la hasta hace poco para ellos advenediza española. He dado un respingo de alegría al toparme, en la famosa Avenida, con el cartelón anunciando la apertura de Zara. Me encantará, como español, ir en un taxi neoyorquino y llenárseme la boca diciendo «stop at Zara's, please» . Pero hay algo más. La empresa gallega amortigua mi constante resquemor por la pertinaz afrenta que me infligen los italianos desde que resido en el imperio estadounidense. Me explico. Es sabido que hace bastantes décadas los italianos nos robaron astutamente a Colón y en Estados Unidos la aventura del Descubrimiento viene pasando por una gesta italiana («¿Isabel y Fernando?, ¿los Reyes Católicos?... ¿quiénes son, un dúo de pop latino?»). El gran desfile neoyorquino del 12 de Octubre fue durante años una fiesta monopolizada por los italianos. Luego vino el tema del aceite de oliva. Llevan lustros vendiendo el nuestro como si fuera de olivos de la Toscana o del Piamonte y es... aceite de mi pueblo. Entras en un supermercado de Manhattan o de Boston, encuentras diez o doce botellas de aceite con marcas italianas y, a veces, una o dos, medio ocultas, españolas, y miras las botellas italianas y lentamente te invade el doloroso convencimiento, la certeza, de que ese aceite lo ha parido un olivo de Úbeda o de Vélez-Blanco, procede de una cooperativa de Albox o de Antequera. Te reconcomes sabiendo, además, que en la próxima visita al supermercado otra vez pasarás el trago. Con Colón y el aceite ya me tenían contento pero lo de hace unas semanas fue peor. Me invita una asociación judía de Nueva York a presenciar en un cine de una zona residencial la proyección de la película de la televisión italiana Perlasca . Narra un hecho histórico; en el Budapest ocupado por los nazis en los cuarenta, varios centenares, si no miles, de judíos fueron salvados de la deportación y el exterminio en los campos de concentración gracias a los salvaconductos y documentación extendidos por la Embajada española. El embajador español de la época, Ángel Sanz Briz (bien descrito en el libro del mismo título de Diego Carcedo), abogado ante las autoridades nazis, se inventó la españolidad de cualquier persona con apellido remotamente hispano, habilitó edificios como refugio en los que colocó la bandera española como inmunidad diplomática, etcétera... Cuando se temía que los rusos ocuparan la ciudad recibió órdenes de abandonarla, dejando las riendas a un colaborador italiano, Perlasca. Prosiguió éste valiente y eficazmente la labor de nuestro compatriota Sanz Briz, lo que es bastante para que la película mitifique la actuación del italiano; nada que objetar hasta ahí, y pase prácticamente por alto la actuación del corajudo e ingenioso diplomático español, mi colega, que inventó el sistema que salvó miles de vidas. Como dije en el discurso al final del acto, «¡Dios bendiga a Perlasca, pero hacer pasar al inventor del plan, a mi compatriota, como un diplomático atildadito, oscuro, con escaso protagonismo en la hazaña... hombre, ya está bien!». No mucho más tarde, y aún con la desazón del bueno de Perlasca, choco, en territorio prácticamente italiano, con el bálsamo del cartel prometedor de Zara. Es un alivio. Hace ya meses que nada menos que el New Yorker había dedicado una página entera a la firma gallega elogiando su estilo y su política comercial. Lo de estas fechas es, con todo, un salto cualitativo. La firma gallega se codea con los Armanis, los Ferragamos, los Hermes y los Vuittones en la zona privilegiada de Nueva York. Es una pequeña venganza frente a los habilidosos italianos. Decía Humphrey Bogart que ser famoso es que reconozcan tu nombre en Calcuta. El gallego de Zara está a punto de conseguirlo. Hay que quitarse el chapeau ante don Amancio (¿o don Venancio?). Yo disfruto con ello. Que siga. Lo único que empezaría a crearme desasosiego es que en los confines de China o de Sudáfrica Zara llegue a ser más conocida que el Real Madrid. Espero que el admirado don Amancio no me dé esos achares.