LA LIBERTAD de expresión que reivindica Julio Medem es la misma que utilizaron la noche del sábado pasado todos los que, en ejercicio de sus legítimos derechos, criticaron su última película: La pelota vasca, la piel contra la piedra . El cineasta sostiene en ella una tesis discutible: la de que en Euskadi hay un conflicto no resuelto, que permite entender -aunque no justificar- la existencia de la violencia terrorista, con la que sólo podrá acabarse, a su juicio, resolviendo el conflicto que la explica. La tesis es controvertida, pero no es original: se trata de la famosa teoría del conflicto que mantiene el nacionalismo vasco desde hace muchos años. Pero Medem tiene razón cuando alega, defendiéndose, que es injusto acusarlo de ser cómplice de ETA. Sucede, sin embargo, que el debate, por fortuna, no está hoy ya entre quiénes defienden a ETA y quiénes no, pues hace tiempo que se ha situado en otros términos: ¿existen en el País Vasco dos bandos enfrentados, ambos con una parte de razón, que nos llevan al desastre (ETA y el Gobierno) o existe, por el contrario, una lucha legal y democrática contra los únicos culpables (ETA y los suyos) de que los vascos no nacionalistas vivan bajo un permanente estado de excepción? Tras ver La pelota vasca uno llega a la conclusión de que Medem defiende sin titubeos la primera posición. Sus muchas declaraciones no han hecho más que confirmar tal impresión. Pues bien, es esa defensa, que parece a las víctimas poco solidaria con su inconmensurable sufrimiento, la que ha originado la polémica que tuvo el sábado su último episodio. Un día antes, Medem publicaba un artículo de prensa, titulado S.O.S , en el que expresaba con palabras de grueso calibre su calvario. Decía en él, refiriéndose a su trance personal, que «esto ya es demasiado», que «la injusticia de esta situación es ya puro delirio» y que «ya no puedo más». Hablaba de su «horrorosa experiencia» y acababa pidiendo «socorro». He de reconocerles que tras la lectura de ese artículo no pude dejar de sentir cierta extrañeza, pues ¿cómo entender que quien se considera tan escandalosamente perseguido sólo porque ciudadanos pacíficos lo critiquen a él y a su película, pueda mostrarse, al mismo tiempo, tan sorprendentemente comprensivo con la causa de quienes someten a miles de vascos a una persecución literalmente incomparable con la suya? Extrañeza que volví a sentir luego, la noche de los Goya, el ver a los compañeros de profesión de Julio Medem mostrarse tan solidarios con su amigo y tan fríos con los únicos que en esta historia tienen sus libertades, también la de expresión, anuladas de verdad: las víctimas de ETA.