Gijón, la luz del norte

| XERARDO ESTÉVEZ |

OPINIÓN

31 ene 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

AL ATRAVESAR la desembocadura del Eo, quienes venimos de Galicia percibimos un cambio en el cuidado del territorio. El trayecto por carretera hacia las capitales asturianas sigue siendo difícil, aunque la Transcantábrica que avanza y el AVE que se promete mejorarán sin duda las comunicaciones. El paisaje un tanto bucólico alterna con otro no menos impresionante, formado por los esqueletos de las industrias reconvertidas y las moles fabriles que han subsistido. La breve y densa autopista denominada por su forma con la letra Y, tan clara gráficamente y de simbología ambigua, une dos ciudades antagónicas que compiten. Oviedo, la capital de la corte asturiana, remodelada con una estética un tanto kitsch , por el colorido de parámentos y pavimentos, y Gijón, la ciudad industrial y luchadora transformada desde el inicio de la democracia por el alcalde, hoy presidente del Principado, Álverez Areces, con tantos vínculos gallegos . Es justamente el mar al norte lo que caracteriza a Gijón. El sol que le da por la espalda bana en una luz constante a quienes disfrutan de su contorno y sus playas. El nucleo matriz de la población sigue estando en Cimadevilla, que vigila los dos lados de la ensenada. En lo alto, al borde del acantilado, está el Elogio del Horizonte , quiza la mejor obra-paisaje de Eduardo Chillida, que abre sus brazos al espacio entre tierra y mar, mientras los humanos, al rodearla, crean nuevas sendas con sus pasos para abarcar y penetrar en el misterio de la colosal estructura. Por su situacion geográfica, su topografía, su estratificación histórica de raigambre romana, Gijón tuvo que ser siempre bella, pero dejó de serlo transitoriamente con los desastres de la guerra y la especulación del desarrollismo. El pintoresco frente del Muro de San Lorenzo vió sustituida poco a poco su fisonomía balnearia con masiva edificación en altura, y el paseo se convirtió en un corredor de tráfico. Las ciudades que miran al mar se arriesgan, por el vértigo del horizonte, a no mirar hacia atrás, a no contemplar su perfil urbano. Gijón ha sabido evitar este error y hace años trazó un amplio paseo marítimo y creó la nueva playa de Poniente para aprovechar la mejor orientación. Ahora vuelve a girar la cabeza y promueve dos nuevos proyectos, uno de intervención en las fachadas del que se encarga Ángel Mayor, y otro que se ocupa de la movilidad, con el que Celestino García Braña, con buen sentido y sensibilidad, propone potenciar aún más la presencia del peatón, convirtiendo todo el frente marítimo en un gran itinerario de la luz, sin coches. Y, al fondo, la Universidad Laboral, un falansterio con su patio de armas, la obra de José Solís Ruiz que Franco nunca quiso inaugurar. Edificio majestuoso del gran arquitecto Luis Moya, collage de historicismo y modernidad, paradójico en su variada apariencia exterior, audaz y vanguardista en sus planteamientos constructivos y espaciales. El imponente conjunto sufrió el castigo de su anacrónica monumentalidad asociada con la dictadura, por lo que siempre se le miró con recelo. Ahora, al compás de la consolidación de la Universidad gijonesa, el Principado ha emprendido en la Laboral nuevos desarrollos y, en una década, volverá a ser un elemento de referencia en el tejido urbano.