LA HISTORIA reciente de la música española tiene varios casos relevantes de creadores que comenzaron a despuntar en el cine como autores de bandas sonoras (García Abril, Luis de Pablo, el fallecido Carmelo Bernaola¿), para luego, con los años, convertirse en respetados y muy programados compositores de música culta. Al malogrado Manuel Balboa no le alcanzó el tiempo para trascender esa celebridad efímera que casi le molestaba, adquirida a través de la creación de conocidas, alabadas y premiadas bandas sonoras, sobre todo a raíz de su fructífera colaboración con Garci ( Canción de cuna, La herida luminosa, El abuelo ), y asistir al triunfo de sus óperas, como Romeo o la memoria del viento y El secreto enamorado , o las que aún proyectaba escribir. Amando como amaba por encima de cualquier otra cosa el teatro lírico, sobre el que escribió diversos ensayos ( O teatro lírico galego nos séculos XIX e XX ), no entendía a esos operófilos furibundos que atesoran veinte versiones distintas de La Traviata , al tiempo que muestran una complaciente indiferencia y un absoluto desprecio por la música de su tiempo. Muere Balboa en plenitud creadora, a dos meses del próximo estreno en Santiago de su Concierto para violín , encargo de la Real Filarmonía de Galicia, una orquesta que le trató bastante bien. El año pasado, sin ir más lejos, le programó sus Mares nocturnos , una evocación sobre su amada Costa da Morte, que se inspira en la bella música compuesta para la película El baile de las ánimas , de Pedro Carvajal. Su obra para el cine se encuentra recogida en un cd, que él mismo tituló La escena silenciosa , aunque otro anterior, que le grabara la Sinfónica de Galicia, ya recogía algunos de estos trabajos. Nacido en 1958, en A Coruña, Balboa buscó en la metrópoli el imprescindible alimento intelectual para un espíritu inquieto, curioso y refinado que en su ciudad ya le había llevado a iniciar estudios de pintura, filosofía e historia, compaginados con las clases del Conservatorio. Cultivó la crítica en A nosa terra y El Ideal Gallego . En Madrid, colaboró con Francisco Nieva en las comedias musicales Nosferatu y Pelo de tormenta , y compuso música incidental para montajes de Mariana Pineda , Doña Rosita la soltera, La casa de Bernarda Alba y Yerma , entre otros. Sus obras instrumentales llegaron a interpretarse en salas de gran prestigio, como el Carnegie Hall de Nueva York, la Scala de Milán o el Wigmore Hall londinense. En el año 2000, había participado junto a su admirado Bernaola en la Semana de Cine de Betanzos, en aquella ocasión dedicada a la música de cine. Allí, entre buenos productos de la tierra, ya tuvo ocasión de avanzar algunas de sus pesimistas teorías sobre el futuro del arte, que luego seguiría cultivando: cada vez llevaba peor el progresivo deterioro de una sociedad que equipara la cultura con el ocio. En una de sus últimas entrevistas dejó dicho que éste ha devenido en «en mero adorno», cuando él postulaba, como Wagner, que «el arte debe ser iniciación y transformación». Una Galicia más necesitada que nunca de grandes hombres pierde ahora a un creador honesto, serio, comprometido con su tierra y con su tiempo.