FUE UNA gran tensión y representa un gran asunto. Tony Blair se jugó el cuello por una materia cuyo emblema -la subida de tasas universitarias- parecía significarla como de interés menor. Nada más lejos de la realidad. Aquello era una almendra y una clave del rumbo hacia el centro político en que se sostiene el premier británico. El derrotero atravesaba -y atraviesa- espacios de gran conflicto: la misma arboladura del debate, los rompientes doctrinales del propio Partido Laborista, los bajíos representados por el Partido Conservador. En el Reino Unido, donde la política suya anticipaba hasta mediados del siglo XX qué pasaría 50 años después en el resto de la política europea, ocurre ahora que su política ya no anticipa nada. Su política y sus políticos están, y hacen, lo mismo que en el resto de la Unión Europea. Todos quieren trepar por la cucaña del centro, o más propiamente dicho, del centrismo. Para Blair, la materia de progreso hacia ese objetivo sigue siendo la reforma y reconversión del Estado de bienestar. El modelo fabiano ya no sirve para los tiempos que corren. Como si fuera lector asiduo del liberal Hayek, está Blair en la percepción de que ciertos costes históricos de gestión de la seguridad social sólo aseguran porvenir y presente a quienes, como burócratas, viven de ellos. Sabe que no puede costar más el mango que la azada. Aligerar los instrumentos de la justicia social, caiga quien caiga, es más justo y más eficaz: más democrático al cabo. Y combinar igualdad social con responsabilidad individual, no equivale necesariamente a la cuadratura del círculo. Es posible y resulta necesario. La igualdad se desplaza así del momento de la percepción de los frutos, a las oportunidades para lograrlos desde el propio esfuerzo. Las tasas universitarias encarecidas, aunque pagadas cuando ya se es un profesional, son todo una parábola. Dan el sentido de la reforma del sistema. Son tasas de mucho fondo.