COMO YA lo estamos viendo con el intenso eco mediático suscitado por las primarias demócratas del 19 de enero en Iowa y las de ayer en New Hampshire, 2004 será un año marcado por un acontecimiento central: la elección presidencial de noviembre próximo en Estados Unidos. En la configuración estratégica contemporánea, caracterizada por el hiperdominio de Norteamérica, que ocupa el lugar histórico de centro del mundo : esa elección, nos guste o no, tendrá consecuencias para todos los habitantes del planeta. Tendremos que esperar la convención nacional del 26 al 29 de julio en Boston, para saber quién será el candidato presidencial demócrata que se enfrentará a George W. Bush, y cuáles serán sus argumentos para tratar de derrotarle, pero una cosa es segura: este año el Pentágono no lanzará nuevas expediciones militares como en el 2002 (Afganistán) y el 2003 (Irak). Siria e Irán, así como el otro país del eje del mal , Corea del Norte, pueden estar tranquilos: los años de elección en Estados Unidos son, tradicionalmente, años sin guerra. ¿Cuáles serán, pues, los polvorines más peligrosos del 2004? Irak, y más ampliamente las áreas del Oriente Próximo (Israel-Palestina) y Medio (Afganistán, Pakistán), así como el Cáucaso (Chechenia) seguirán constituyendo el foco perturbador del mundo, ese lamentable papel que desempeñó Europa en el siglo XX. Por tres razones: porque ahí, en torno al Golfo Pérsico y al mar Caspio, se concentran los principales yacimientos de hidrocarburos del planeta, que atraen la codicia de todas las grandes potencias; porque los Estados de la región siguen siendo artificiales, inestables y no democráticos; y porque continúan sin resolverse los últimos grandes conflictos coloniales del mundo, el de la Palestina ocupada y el de Chechenia. Este foco perturbador va a durar años, quizá decenios. Y los ejércitos extranjeros que se encuentran en Irak en apoyo a las fuerzas norteamericanas se quedarán allí por largo tiempo. De la mayor o menor intensidad de la resistencia contra ellas dependerá que Estados Unidos retiren, a partir del 1 de julio del 2004, el grueso de sus tropas de Mesopotamia y transfieran la soberanía del país a unas autoridades locales fantoches. Habrá conflictos y guerras en otras zonas, sobre todo en África negra (Costa de Marfil Liberia, Congo, Eritrea). Pero esa región de Oriente Medio (en su eje islámico Cachemira, Afganistán, Pakistán, Chechenia, Irak, Arabia Saudí, Yemen, Palestina, Egipto, Sudán) seguirá siendo manantial sangriento de muchas violencias extremas. Las cuales, vía el terrorismo global, podrán alcanzar las regiones más alejadas del planeta. Ahora que está reconstituida la cúpula operativa de la red islamista radical Al Qaida, no es imposible que se produzca, en el curso de este año 2004, un nuevo atentado de gran envergadura, como el del 11 de septiembre del 2001, contra alguno de los grandes símbolos de la dominación occidental del planeta: en Washington, Londres o Roma (el Vaticano). Existe además un motivo suplementario: la demanda de liberación de los 660 islamistas encarcelados en el penal de Guantánamo. De producirse, lo más probable es que se trate de un atentado con arma química, mediante uso de gas letal, como lo hizo la fanática secta Aum en Tokyo en 1995 con gas sarín. No implica riesgos para el terrorista, barato de adquirir, sencillo de producir, simple de transportar, fácil de disimular y tremendamente mortífero en un lugar cerrado: cine, teatro, sala de conciertos, cancha de baloncesto, metro, túnel... Y lo peor: una mente malvada y criminal podría imaginar no uno, sino diez, veinte, cincuenta atentados simultáneos en otros tantos lugares del planeta. Empezaría entonces, de verdad, el terror total.