CUANDO SE ESCRIBA la historia de estos años de plomo, en los que el irredentismo periférico logró embridar las conciencias hasta el fanatismo, y se haga balance del daño causado a las regiones en las que asentó su hegemonía, no tengo la menor duda de que el diagnóstico a toro pasado apuntará a la incapacidad de los nacionalistas para vivir en su tiempo junto con la acomplejada pusilanimidad del PP y PSOE para aplicarles la medicina que toda Europa receta en esos casos, verbigracia, el 5% famoso. Por si aún fuera necesario confirmar lo desfasados que están los nacionalismos que restan (los hay que suman), hace algunos días fuimos pasivos testigos de dos deslocalizaciones que generaron reacciones paradigmáticas en cuanto al realismo, en un caso, y anacronismo, en otro, de las respectivas gestiones encaradas por las autoridades económicas de los territorios, San Francisco y Barcelona, en las que se asentaban las plantas. La empresa Levi Strauss ha cerrado las últimas fábricas que le quedaban en EE.?UU. Tal como cabía esperar, a pesar del significado emblemático de los jeans , apenas ha habido conmoción, pues los americanos entienden que la época de globalización que les ha tocado vivir no permite que en San Francisco se paguen salarios horarios de 11 dólares para producir un bien que puede obtenerse en Asia o Sudamérica con menor coste. Casi simultáneamente, supimos que Samsung deslocalizaba sus plantas de Barcelona a China y Eslovaquia. Y aquí sí que presenciamos, asimismo como cabía esperar, los niveles de incompetencia -¡pobre Cataluña!- que puede alcanzar el nacionalismo, en solvente compañía socialista. Carod-Rovira y Josep Maria Rañé exigieron por la tremenda un plan social de recolocaciones para todos los trabajadores afectados, bajo amenaza, que cumplieron, de pedir un boicot a los productos de la empresa coreana. Inútil aspaviento ultranacionalista, además de contraproducente, pues Samsung sólo vendía en Cataluña el 3% de la producción local. Las personas de buena fe son conscientes de que la finalidad del empresario, responsable ante el accionariado, no es crear empleo sino obtener beneficios. Tal como demuestra el deslumbrante libro de Guillermo de la Dehesa Globalización, desigualdad y pobreza , las autoridades territoriales que violen o entorpezcan este principio básico, por sanas que sean sus intenciones, estarán lastrando las posibilidades de crecimiento futuro al desanimar la inversión. Toda vez que en una época en la que los territorios compiten entre sí buscando el marchamo de la flexibilidad, como cimbel de atractividad, los costes irrecuperables de salida se computan con mayor ponderación aunque los de entrada: antes de implantarse, las empresas quieren saber si en caso de deslocalización les pondrán dificultades. Frente a la hemorragia empresarial, la incompetencia e irresponsabilidad del Govern es tanta que medio planeta debe estar ya al corriente de que cuando una planta abandona Cataluña las autoridades decretan el boicot de productos. Conclusión: para que, llegado el caso, no se les acuse de derelinquir, los estrategas económicos excluyen desde ahora a Cataluña de sus planes. Queda, no obstante, una enseñanza que sí debemos a las soflamas de Carod. Sabedores de que Cataluña goza de una balanza comercial excedentaria con el resto de España, ¿qué devendría su economía si en caso de secesión o insolidaridad fiscal decretáramos un boicot contra los productos catalanes?