EN UNA SESIÓN de trabajo en el Foro Económico Social de Davos, un grupo de empresarios se ha dedicado, el pasado jueves, a estudiar la red terrorista de Al Qaida como una corporación con un funcionamiento que estimaron modélico. Tanto por la definición del producto como por su procesamiento y su escala temporal, así como por «la magnífica sinergia» entre relaciones públicas y recursos humanos, Al Qaida es, en su opinión, un grupo terrorista del que es posible deducir lecciones empresariales muy valiosas. Su eficaz organización en red al servicio de una misión clara, que sería en estos momentos la subversión del sistema global, le estaría aportando a Al Qaida su mejor dividendo: una cierta invulnerabilidad, que le permitiría resistir incluso la captura o desaparición de su propio jefe, Osama Bin Laden. ¿Han querido los empresarios hacer un canto de Al Qaida como organización? Sí, sin duda, pero no tanto como un modelo empresarial sino como un enemigo nada fácil de desarticular. De algún modo, han querido manifestar su miedo a que las autoridades estadounidenses, y también europeas, no estén valorando adecuadamente el peligro que tienen enfrente. ¿Y qué es lo que tienen enfrente? No unos radicales islámicos desharrapados sino una organización descentralizada, apenas jerarquizada y capaz de llevar a cabo operaciones propias de una multinacional bien dirigida. Fascinados quizá por la excelencia de sus teorías, los empresarios han olvidado la realidad que alimenta a Al Qaida. Fue el presidente de Pakistán, Pervez Musharraf, el que ha puesto el dedo en la llaga al decir que «todas las disputas políticas que el mundo está viviendo en los últimos años involucran a musulmanes y todos los musulmanes pueden ver en sus televisores el tratamiento que reciben sus hermanos de religión». ¿No se han dado cuenta los gurús de que la raíz del éxito de Al Qaida está, como ha dicho Musharraf, en el profundo sentimiento de injusticia y privación que perciben la mayoría de los 1.300 millones de musulmanes? Este detalle se les escapó. Y es una lástima porque en él, en el cambio de esta percepción, está el principio del fin de Al Qaida.