DICE García de Cortázar en su reciente ensayo Los Mitos de la Historia de España que «la izquierda ha sido uno de los grandes responsables de esta última derrota infligida a los republicanos progresistas del 31. La asociación de regionalismo y libertad por un lado y de unidad nacional y represión por el otro, supuso el último asalto a la tradición de aquellos perdedores de la historia». Y remacha, sabio y valiente: «Cuando pluralidad y autonomía se confunden con taifa y virreinato lo que se hace es consagrar una antigualla política, muy parecida a la que brotaba de los viejos folletos que los carlistas ponían en circulación el siglo XIX... Sigue resultando desolador pensar que lo que los regionalistas y los nacionalistas se disponen a recuperar, muchas veces con la colaboración de una izquierda cegada por la versión franquista del pasado, es una rancia particularidad que los ilustrados del siglo XVIII, los liberales progresistas del XIX, los socialistas de Pablo Iglesias y los republicanos de Azaña quisieron enterrar en el sepulcro del Cid, (aquí, sería de Castelao): la pureza de sangre, raza, lengua y territorio, la posibilidad de trazar fronteras entre españoles, de diferenciarnos según procedencia regional ¿de inaugurar un nuevo servilismo¿». En efecto. Si los Azaña, Iglesias, León Felipe o María Zambrano levantaran la cabeza y vieran lo que ciertas lamentables zurdas reaccionarias están haciendo ahora, y, para colmo, secuestrando para fines serviles el nombre del Progreso, la Cultura y la República, se quedarían asombrados por la impostura de tales falsos herederos, porque en esta España desmemoriada, no sólo han perdido el viejo deseo azañista de corregir la tradición por la razón, sino que al secuestro de la tierra y la hacienda, cuando no de la pérdida de la vida, sufridos por los republicanos del exilio, añaden lo que para León Felipe constituía el último bastión: la Palabra.