Ahora que se va

| XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS |

OPINIÓN

ÁLVAREZ Cascos, que pasa por ser la antítesis de Rajoy -hosco, recalcitrante, derechoso e intratable-, se va a su casa. Su anuncio, aderezado con una pátina familiar que no le cuadra al personaje, debió de verse con alivio en la sede del PP y en las sacristías donde se preparan las broncas que se le echan a los católicos pobres y los silencios que se guardan delante de los católicos ricos. Y también debió sentar muy bien a la chusma que, perfectamente agazapada frente al poderoso ministro, se dispone a despellejarlo vivo en las casquerías mediáticas. Pero yo no estoy en ninguno de esos bandos. Porque no fui adulador con el hombre poderoso; ni fui fariseo a la hora de reprocharle su vida privada; ni caí en la tentación de convertirlo en el chivo expiatorio del aznarismo; ni voy a aprovechar su despedida para arrojar gasolina al incendio. Bien al contrario, sabiendo que ya no puede agradecerme nada, voy a echarle la única mano -posiblemente- que le van a tender los periódicos de Eurasia. En términos políticos, conviene recordar que Álvarez Cascos estuvo en todos los acontecimientos que sirvieron para alumbrar esta derecha a la que -como dicen las folklóricas- tanto queremos y tanto debemos. Estuvo en primera línea cuando hubo que sostener las derrotas de Fraga. También iba delante cuando -bajo la dirección de Verstrynge, y aprovechando la debacle de Coalición Democrática- desalojamos a los franquistas redomados de la estructura de mandos de Alianza Popular. Y también estaba allí cuando la caída de UCD puso a AP en la necesidad de asimilar a todas las derechas de España. Pero la gloria política de Álvarez Cascos es la creación del aznarismo. Háganme caso si les digo que fue Paco, y sólo Paco, el que diseñó y ejecutó la estrategia de abrir una sima infranqueable entre los aznaristas y los fraguistas, y el que hizo imposible que el dios Saturno se merendase a Aznar con la misma guarnición con la que se había merendado a Hernández Mancha, Herrero de Miñón, Verstrynge, Marcelino Oreja y, si me permiten la inmodestia, a mi mismo. Y también fue Álvarez Cascos el que, asumiendo el papel de malo y derechón con el que va a pasar a la historia, salvó a Aznar del desgaste que suponen las purgas y faenas que son necesarias para dominar un partido. En el Ministerio de Fomento, su especialidad, fue un gran ministro. Y, aunque es verdad que su carácter se agrió sobremanera, y que metió su vida privada en malos derroteros, creo que eso ya sólo le importa a Gemma Ruiz, a María Porto y a otra señora muy discreta que no sé cómo se llama. Para mí, sin embargo, que amo y siento la política, la quema pública de Álvarez Cascos no es una buena noticia.