EN ESTE año de jubilaciones políticas, también se va Álvarez Cascos, Cascos, así de abrupto, para el común de los colegas de otros partidos. Porque Cascos es uno de esos políticos que nos zurriagan con pedazos ásperos de palabras, al estilo de lo que decía Karl Schmitt, concibiendo la política en razón de la dialéctica amigo-enemigo y en la que, por tanto, no han de caber los eufemismos de «rival» o «adversario». Quien no está de acuerdo conmigo está contra mí, o contra mi jefe, lo que tanto tiene porque en tal credo político la disciplina y la primaridad son un valor que se supone, como el color de los ojos, que ha de ser «al pelo», la virilidad a prueba de demostraciones bien notorias o la eficacia en las acciones, que no ha de atemperarse necesariamente a la racionalidad o razonabilidad de las decisiones. Ha hecho coincidir su marcha con la de su jefe, Aznar. Y se va a su estilo, dando un portazo, casi sin despedirse. Genio y figura.