SI HUBIÉSEMOS tenido oposición, y si el PSOE no estuviese tan ocupado en demostrar que existe, que está unido, que tiene líder, que tiene visión de Estado y que los barones territoriales no son como buitres que revolotean alrededor de Rodríguez Zapatero, si las espadas estuviesen en alto y los resultados fuesen inciertos, Mariano Rajoy tendría ante sí una campaña electoral muy difícil. Porque tendría que responder a las grandes incógnitas que deja planteadas su antecesor, y porque tendría que convencernos de que, más allá de ser un magnífico bombero a las órdenes del gran capitán, también tiene cualidades para liderar un gobierno, para marcar la agenda política y para dirimir los conflictos inevitables que se generan en el interior de un partido tan grande y poderoso como es el Partido Popular. Tendría que decirnos, por ejemplo, cómo piensa rectificar la política personalista abierta por Aznar en el seno de la ONU, y cómo piensa reconducir a España hacia el terreno de la legalidad internacional. También le preguntaríamos si piensa seguir distanciándose de las naciones que lideran y garantizan la construcción de Europa, y si va a renunciar al capítulo fundamental de nuestro futuro -el europeísmo- para seguir alimentando ese extraño atlantismo que inventó Aznar para sacudirse sus complejos internacionales. Querríamos saber si va a seguir tensionando la política vasca y aislando al lendakari, y si piensa mantener la confusión entre ETA y el nacionalismo que tanto le gusta a Mayor Oreja. Y no dejaríamos de interesarnos por otros problemas de gran envergadura, como son la seguridad y el orden público, la inmigración, el impulso de las políticas de cohesión territorial y social y la vuelta a un sistema radical de garantías democráticas, en el que no se utilice la seguridad y la lucha contra el terror para mermar nuestros derechos y garantías. Pero el PP no tiene un contrincante real. Y por eso somos muchos los españoles que hemos cambiado nuestra natural propensión a hacer preguntas por un extraño ejercicio de fe en el que estamos convencidos de que, aunque ahora no lo pueda decir, la llegada de Mariano Rajoy a la Moncloa servirá para acabar con el aznarismo, volver al redil de Europa, regresar a la legalidad internacional y suavizar las relaciones con Euskadi. Y hasta le damos un margen de confianza para creer que, aunque ahora se proclame continuista, hará una severa evaluación y rectificación de las políticas de orden público, educación, extranjería y cohesión social. Y es que nunca hemos vivido en España una campaña electoral tan paradójica como esta, en la que todo se lo creemos al que nada nos dice, y nada esperamos del que todo lo promete.