CHASCARRILLO sobre Zapatero: «Si se sienta en un pajar, seguro que se pincha el culo con la aguja». Es que lo suyo es de película. Cuando necesita a la izquierda para completar mayoría, va Comisiones y se convierte en el grupo más crítico con su política fiscal. Y al mismo tiempo, lo de Rodríguez Ibarra: cuando alimenta expectativas de pacto con los nacionalistas, el presidente extremeño propone que los nacionalistas sean echados del Congreso. Menos mal que Ibarra es disciplinado y bastó una llamada de Zapatero a Mérida para que retirase la iniciativa. La idea, sin embargo, ha quedado ahí. Desquiciada, inoportuna, imposible, pero ha quedado ahí. Y nunca sabremos la cantidad de españoles -no necesariamente fachas- que han aplaudido. Quienes tenemos por oficio hablar mucho con la clase política llevamos años escuchándolo: los nacionalismos están sobrevalorados en su representación parlamentaria; tienen una presencia desproporcionada; a veces, con menos de un 2 por 100 de sufragios, disfrutan de una influencia política superior a partidos de representación estatal. Casi todo el mundo lo dice en privado, pero sólo Ibarra tuvo redaños para lanzarlo como propuesta electoral. Tal valentía le duró menos de 24 horas. Era políticamente incorrecto. Claro: el asunto es muy complejo. No hay forma de vestir ideológicamente esa reforma del sistema electoral a estas alturas de la democracia. Primero, porque tendría un tufo autoritario propio de un régimen que quiere ahogar la voz de sus pueblos. Segundo, porque supondría una marcha atrás en los derechos adquiridos de los nacionalismos. Y tercero, porque los nacionalismos en España son una parte del pluralismo político que ninguna mentalidad centralista puede silenciar sin atentar contra el derecho básico de representación. Todo ello aconseja que, por desproporcionada que sea su influencia en comparación con otros partidos, lo mejor es dejar las cosas como están. Y este cronista quisiera hacer una anotación complementaria: ¿saben cuándo oigo hablar de mi Galicia en las grandes sesiones del Congreso? Cuando el BNG consume esos dos minutos que el reglamento otorga a los partidos del Grupo Mixto. Supongo que lo mismo pensarán los catalanes, vascos, canarios o aragoneses. Los diputados de los partidos estatales plantean asuntos de la región, pero puntuales y en preguntas escritas, y el pueblo llano apenas se entera. ¿Quieren que los nacionalismos pierdan influencia? Pues anímense los demás diputados a desempeñar su papel; es decir, a defender el territorio por el cual fueron elegidos. Si existe esa dejación, los ciudadanos se sienten obligados a tener otros representantes en el Congreso. Y son los nacionalistas.