LAS DEMOCRACIAS modernas, que comparten su espacio con las sociedades de la comunicación, anteponen los consensos a las mayorías. Lejos de fijar posiciones de partido, que reflejan sociedades ideales, los programas electorales se confeccionan mediante síntesis de opiniones que, desde el más puro pragmatismo, tratan de dar respuesta a los problemas cotidianos. Y esa es la razón por la que, en vez de jactarse de haber vencido al partido contrincante, los ganadores de las elecciones tienden a conformar gobiernos que incluyen la sensibilidad de los vencidos, y a ofrecer pactos y coaliciones que en pura matemática no serían necesarios. Por eso dice Sartori que las elecciones actuales no computan preferencias, sino opiniones, y que la pugna por el modelo de sociedad, que caracterizaba a las democracias tradicionales, ha dejado paso a formas de poder que se legitiman por su eficiencia. El reverso de esta medalla es que la opinión que computan las elecciones no es la nuestra, la de cada individuo, sino la opinión pública. Y esa opinión se parece cada vez más a un constructo social externo a nuestra conciencia, que resulta de la interacción de los poderes sociales con los medios de comunicación. Y eso es tanto como decir que los ciudadanos no opinamos sobre las cosas públicas, sino que nos limitamos a instalarnos libremente en las opiniones prefabricadas que se nos ofrecen como alternativas. La existencia de una opinión plural es la mejor garantía de la democracia. Y por eso no debe extrañarnos que los grandes filósofos de finales del siglo XX -como Rawls, Habermas y el recientemente fallecido Bobbio- hayan dedicado sus esfuerzos a pensar con libertad, relegando a un segundo plano la preocupación por el método que embargaba a sus predecesores. Porque el pensamiento humano es más deudor de la libertad que de las leyes de la lógica, y porque no hay mejor manera de equivocarse que sentir miedo a decir lo que pensamos. Cuando empieza una campaña electoral, muchas personas se dirigen a nosotros, los que tenemos el oficio de opinar, para preguntar quiénes son los nuestros, como si el pensamiento tuviese riendas y pudiese fabricar conclusiones a medida. Cuando la opinión es libre -aunque sea equivocada- resplandece como el oro. Y por eso quiero felicitarme, con mis lectores, por escribir en un diario al que -en Leipzig (Alemania)- acaban de otorgarle el Premio 2004 por la Libertad y el Futuro de los Medios, en justo reconocimiento por su brillante cobertura, gozosamente libre, de la catástrofe del Prestige . Un galardón que no está destinado, supongo, al papel y a la tinta, sino al hombre que nos da y nos garantiza la libertad de escribir.