SE ACABA de cerrar un año y en el primer día del siguiente, en dos acontecimientos de repercusión mundial, en el Vaticano y en la Ópera de Viena, los dos protagonistas (Juan Pablo II y Guillermo Muti) han pedido esfuerzos por la paz. Bien, pero este concepto tan genérico, abstracto y complejo, ¿a qué se refiere?, ¿será la paz entre las naciones?, ¿la paz entre los pueblos?, ¿la paz entre las comunidades?, ¿la paz entre las familias?, ¿la paz entre las personas? Seguramente se trataba de la paz sin guerras. Pero en el mundo, después del fin de la guerra fría, se han venido produciendo treinta conflictos armados como media anual. Esta es la realidad de la violencia social humana. La Carta de las Naciones Unidas (1945) se redactó para mantener la paz entre los Estados, pero ¿quién se encarga de la otra paz? Las víctimas del terrorismo, de la droga, de la delincuencia, de la violencia doméstica, etcétera, ¿no son igualmente dolorosas a nivel de las personas? La paz es el fruto del respeto a los Derechos Humanos, es el bienestar social que requiere amor, verdad y justicia. Son estos también parámetros abstractos difíciles de alcanzar. Sobre todo, en una sociedad dedicada al consumo desenfrenado, con las televisiones mostrando a los niños todo lo peor de la sociedad. La paz empieza en nosotros mismos. Decía Robert Kaplan que «la paz es un conflicto bien gestionado»; eso sí es concreto. En 1932, Albert Einsten le escribió una carta a su amigo Sigmund Freud para preguntarle: ¿Es posible librar a los seres humanos de la fatalidad de las guerras? La respuesta del psicólogo mundial no se hizo esperar: «Solo será posible impedir las guerras si los seres humanos acuerdan establecer un poder central». Por eso, mientras unos se empeñan en fraccionar, otros buscan la unión cada vez más amplia. Precisamente, otro escritor norteamericano, Paul Kennedy, en su libro Hacia el fin de siglo , dijo que la paz se alcanzaría con el gobierno mundial, y para eso faltan todavía unos cien años.