DESPUÉS de varios años haciendo seguidismo del PP, después de ayudarle a Aznar a montar su cruzada contra Ibarretxe y a hacer pinza contra el nacionalismo democrático, después de consentir que la lucha contra el terrorismo se convirtiese en un mecanismo generador del discurso único que inspira nuestra política nacional e internacional, y después de tragar todo lo que había que tragar en las reformas reactivas y casuísticas del código penal, a Rodríguez Zapatero le ha entrado prisa por rectificar. Y ese es el motivo por el que, lejos de construir con prudencia su discurso alternativo, y lejos de restaurar la maltrecha vida política y parlamentaria, los estrategas de Ferraz decidieron lanzarse en tromba por la pendiente de las promesas electorales, como si, en vez de haber reflexionado sobre el andacio de oposición responsable que les llevaba hacia ningures , hubiesen caído del caballo en el camino de Damasco. Lo que antes no era discutible es ahora una evidencia. La diarrea legisladora que no se atrevieron a cuestionar por motivos de fondo es ahora criticada por razones de forma. Y lo que en boca de Ibarretxe era un acto de terrorismo jurídico, se ha convertido en la fórmula mágica que puede hacer funcionar las haciendas autonómicas y desbloquear la Justicia. De no tocar nada -¡caca nene!- se pasa a tocarlo todo. De no atreverse a introducir un solo matiz en la España cañí de los populares, se pasa a montar un país al gusto de Maragall. Y de competir con Aznar para ver quién defendía con más entusiasmo el dogma de la Constitución, se pasa a competir con Ibarretxe para ver quién llega antes a un nuevo pacto constituyente. Ya sé que este cambio tiene sus matices. Pero no tantos como para olvidar que sólo cuatro gatos hemos defendido contra viento y marea la necesidad de un discurso plural que -extendiendo el debate hasta la política antiterrorista, el modelo autonómico y la reforma de la Constitución- evitase la perceptible regresión de la democracia española. No quiero olvidar que el lamentable éxito obtenido por Aznar en la trasposición a España del espíritu del 11 de septiembre , que nos llevó a la guerra de Irak y al enfrentamiento con Europa y llenó de tensiones la política interior, no tiene más explicación que la carencia de una oposición eficaz. Por eso me parece insuficiente este acelerón de salida que, más tocado por el oportunismo que por un cambio de mentalidad política, deja intacto y sin fisuras el análisis de Aznar. Mientras el discurso sobre el País Vasco y otras cuestiones siga siendo el que es, la solución de España se llama Partido Popular. Y eso es un error que José Luis Rodríguez Zapatero no sabe o no quiere rectificar.