MUCHA GENTE, de la más variada procedencia social e ideológica, espera que Mariano Rajoy, pese a sus antecedentes y solemnes compromisos de continuismo político, defina un proyecto propio, mejore la deteriorada situación política española y contribuya a superar la pesadilla que han representado los últimos cuatro años del Gobierno Aznar. Lo más asombroso del caso es que Rajoy no ha realizado todavía un solo movimiento que justifique semejante expectativa y, pese a todo, la esperanza, o quizás se trate solamente de un deseo, existe. Esta anómala situación sólo puede explicarse por la convergencia de dos importantes factores: el enorme hastío provocado por el autoritarismo de Aznar y el escaso entusiasmo que genera la alternativa socialista. Mucho me temo, sin embargo, que Mariano Rajoy no esté dispuesto a variar lo esencial del proyecto excluyente del actual presidente del Gobierno, y que su tan celebrado talante no pase de ser la piel de cordero bajo la que se pretende ocultar al lobo en el que se ha convertido el PP en la política española. Hasta el momento tanto la dirección del PP como el equipo electoral del candidato conservador, en vez de presentar su programa de gobierno, se han dedicado a deslegitimar las propuestas de la oposición, sustituyendo, fieles al más puro estilo Aznar, los datos y los argumentos por la simple difamación y criminalización del adversario. Tampoco Mariano Rajoy ha emitido ninguna señal que permita suponer que está dispuesto a retornar a los valores comunes de la Constitución. Al contrario, cuando proclama al PP como único garante de la Carta Magna y de la unidad de España asume sin reservas el proyecto rupturista de José María Aznar, y amenaza la continuidad del compromiso y del bloque político que dio vida e impulso a nuestra democracia. En la práctica, el candidato conservador a la presidencia del Gobierno ha ido más lejos que su denostado antecesor. En efecto, cuando Gabriel Elorriaga, nombrado por Rajoy coordinador de la campaña electoral del PP, afirma que el modelo constitucional depende del resultado electoral, no sólo da por finalizado el consenso que está en el origen de la Constitución sino que transforma en prácticamente constituyentes las elecciones generales del próximo mes de marzo. ¿Puede alguien imaginar mayor irresponsabilidad e impericia política? Nada sabemos, por otra parte, acerca de lo que opina Rajoy de la situación social de España, que pese al crecimiento económico sigue siendo uno de los países más injustos de la UE, en el que los asalariados pagan a la Hacienda Pública el doble que las rentas de capital, en el que han aumentado los impuestos indirectos, el fraude fiscal, las desigualdades y el diferencial con Europa en protección social. Como tampoco conocemos sus prioridades en política exterior, tras la participación de España en la guerra de Irak y la subsiguiente quiebra del consenso en política internacional. Vistas las cosas con realismo, la esperanza depositada en Rajoy no parece en absoluto justificada. Sólo los muy ingenuos lograrán apreciar en la actitud política del candidato popular propósito de enmienda o voluntad de cambio y renovación.