EL 4 de enero del 2004, una bola de fuego surcó el cielo oscurecido de Galicia. Detectado el bólido espacial, de inmediato se formó el equipo de seguimiento para situaciones de emergencia. Tal y como estipula un asentado protocolo, Fernández de Mesa se puso al frente de un grupo de expertos. Tras unos instantes de reflexión técnica, los especialistas, recluidos en la Delegación del Gobierno, concluyeron que lo mejor para la seguridad de todos era el inmediato «alejamiento» del meteorito. En una concurrida rueda de prensa, el delegado explicó que se iniciarían gestiones en tal sentido y advirtió en tono tranquilizador que en caso de impactar contra el duro suelo, el meteorito «se solidificaría». Llamada a consultas la Xunta, su titular se mostró más expeditivo aún en la defensa de los intereses del país: «Si los del meteorito se ponen tontos, ¡un cañonazo y punto!». En la oposición, el fenómeno cósmico tampoco pasó desapercibido. Los socialistas presentaron una moción de censura contra el gobierno de la Xunta «pola súa absoluta pasividade ante as amenazas espaciais». Por su parte, los nacionalistas denunciaron «o enésimo intento do aznarismo de poñer en marcha unha colonización aleníxena de Galiza». Al tiempo que el meteoro sobrevolaba Galicia, la vanguardia artística, siempre alerta, celebraba ya un primer recital poético de denuncia en un pub de Malpica, acto organizado por el colectivo Pedras Negras que contó con un e-mail de apoyo de Manu Chao desde el hotel Ritz de Viena. Finalmente, el bólido ardiente cayó en una leira de Palencia. Localizados los restos por unidades de élite del Ejército (dos números del cuartelillo local de la Benemérita), Trillo se personó en el lugar de los hechos para festejar el feliz término de la operación de control y captura del meteoro. Un brioso grito de «¡viva Honduras!» resonó en la fría noche palentina.