EL PRESIDENTE del Gobierno vasco ha acabado el año igual que lo empezó: ofendiendo de manera grave a la mitad de los ciudadanos del país que debería gobernar pensando en todos y no sólo en sus votantes. En su discurso del 31 de diciembre no le tembló la voz al equiparar políticamente una vez más a los verdugos y a sus víctimas: «Todos somos vascos -afirmó-, votemos al PP, a Batasuna, al PSOE, a IU, a EA o al PNV». Se le olvidó añadir al lendakari que una parte de esos vascos, que él juzga con su generosidad ya proverbial iguales a todos los demás, han considerado (y consideran) que es legítimo asesinar, secuestrar o extorsionar a los que no piensan como ellos, lo que les ha llevado a votar durante más de veinte años en favor del partido que ha venido legitimando la matanza y actuando como el brazo político de los propios matarifes. En ese contexto aterrador, nada tiene de extraño que Ibarretxe considere sólo como una pequeña piedra en su camino el rechazo de los presupuestos que acaba de presentar en el Parlamento de Vitoria. En cualquier país democrático normal el jefe del gobierno que viera sus presupuestos rechazados se plantearía de inmediato la posibilidad de dimitir, pero un lendakari que sueña ya con la tierra prometida no está, obviamente, para presupuestos y mandangas. ¡Menuda fruslería la de que a uno le rechacen la única ley que ha de aprobar anualmente en todo caso (la ley presupuestaria), cuando se es capaz de mantener en jaque varios meses al Tribunal Supremo de justicia, pasándose sus resoluciones una y otra vez por el arco del triunfo! Todo ello sería alucinante si partiésemos de que el País Vasco es lo que no es a todas luces: un país democrático normal. De hecho, no podría serlo ninguno en el que la mayoría de los miembros de la oposición se vieran obligados a llevar escolta para disminuir el riesgo cierto de ser asesinados. Ni tampoco ninguno en que todos ellos tuvieran que soportar la permanente compañía de otros que bien podrían estar informando de sus movimientos a una banda terrorista dispuesta a pegarles un tiro por la espalda. ¿Podría considerarse normal un país en el que un pistolero autor de varios crímenes horrendos hubiese presidido una comisión parlamentaria de derechos humanos, antes de huir para colocarse de nuevo al frente de un grupo terrorista responsable de cerca de mil asesinatos? No, desde luego el País Vasco es muchas cosas, pero no es en ningún caso un país normal. Ello explica el gran acierto del lema de la última campaña publicitaria organizada por el gobierno de Ibarretxe: «Descubre Euskadi. Un país increíble». Increíble, sí: sin duda alguna.